sábado, 23 de julio de 2016

Cojones

Existen productores que explican cómo crear un hit wonder, teorías sobre armonía, melodía y ritmo, incluso estudios estadísticos sobre qué tiene que tener una canción para que pegue. Pero no existe –no puede existir– algo que explique cómo componer con cojones. Y si existe, es tan fácil –tan complejo– como decir: pon toda tu mierda ahí, sé sincero. De alguna forma no siempre fácil de explicar, uno sabe cuándo una canción tiene grito; cuándo quien la creó puso sus vísceras en juego y apostó el mundo por un verso. ¿Me hago entender? Piensen en La despedida, de Páez; en I Want You (She's So Heavy), de Lennon; en La Chacona de Bach. No tiene que ser una canción de amor –puede ser incluso un estudio instrumental– y sin embargo debe ser tan jodidamente avasallante que no quepa dudas. ¿De qué? De eso: de que hay algo real ahí: el viaje al centro de tu propia noche. Hablo de Robi en el Vagabundo, de Amy en su Back to Black, de Brahms en su réquiem alemán. Hablo Kurt Cobain cantando All Apologies o de Juancho Polo Valencia que sobre la tumba de su mujer compuso, lleno de rencor al cielo, como Dios en la tierra no tiene amigos /como no tiene amigos que lo quieran, / tanto le pido y le pido ¡ay hombe! / se llevó a mi compañera. A eso me refiero, cojones. A meterle ganas, tripas, corazón. Por eso cuando Fernando me preguntó qué venía –después de un guitarrista que se salió, de un baterista tambaleante, de unas canciones que ya nos aburren– solo se me ocurrió decirle: “No sé, mi hermano, no me importa. Tan solo quiero que lo venga tenga cojones”.

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