martes, 9 de mayo de 2017

Canciones chiquitas

Me gustan las canciones chiquitas, sin pretensiones. Canciones como para cerrar un disco dejando un aire de calma después de la distorsión. Pienso en dos, de nuestro rock: Amelia Earhart, de El Pez, y Simarca, de El Colectivo. La clásica norma –que no siempre comprendemos– de que menos es más. ¿Por qué a veces nos empeñamos en lo sobreproducido? En coros rotundos, solos despampanantes, cuerdas y más cuerdas. Está bien, hace parte de la música y la megalomanía también es un derecho. Pero qué bien que caen –a veces– los paisajes en reposo. Habría que añadir propuestas como las de Insomnio de Aves o Fumaranda, y otras más, que se me pasan. La certeza de que el rock no es siempre subir el gain hasta lo máximo que permita el amplificador.


martes, 21 de marzo de 2017

Ajá

Me pregunto si lo que siento es frustración, si esta década de rocanrol subterráneo valió la pena; me pregunto si me molesta que un reguetonero emergente gane más likes o tenga más vistas en un día que nosotros en diez años; me pregunto todo eso y me respondo que no, sin tener que pensarlo mucho. Es cierto que cometimos todos los errores, pero cada uno fue un aprendizaje con espinas que valió la pena. Al mismo tiempo fueron montones de escenarios y una cantidad inconmensurable de ensayos donde lo que no existía cobró forma: las canciones. Y esas, buenas o malas, con uno que las escuche, nos sobrevivirán.
No voy a ponerme metafísico ni hacer una oda a la nostalgia porque no hace falta. Cada quien vive el arte a su modo; desde los que esperan juegos pirotécnicos a su paso o los que mantienen una relación tan íntima con lo que hacen que nadie se da cuenta. Entre las dos posturas hay una gama amplísima que también es válida. Así que no voy a agachar la cabeza. Cada acorde que tocamos, lo tocamos con honestidad. Y esta, frágil o poderosa, fue nuestra historia.

No logro sentir frustración.  

domingo, 30 de octubre de 2016

Los Demos

Voy a decirles algo, amigos músicos: publiquen sus canciones cuando estas signifiquen algo para ustedes. Quiero decir: no dejen pasar mucho tiempo. Decanten, sí; corrijan, sí; traten de que sea el mejor producto posible; pero no las dejen añejar hasta el punto de la indiferencia. Porque las canciones, como los escritos, llegan a un momento en que son un asunto del pasado, algo que quizás ya no nos represente. Y cuando las publicamos, lo hacemos por cierta nostalgia o curiosidad, pero no por el fuego que significó crearlas.
¿Me explico? Hay un momento en que la canción, recién hecha, te hace sentir que es La Gran Canción –quizás lo sea– pero nos quedamos esperando a El Gran Productor que la descubra o a El Gran Estudio donde pueda ser grabada con la calidad que se merece, y eso no siempre pasa. Y la canción se enfría, comienza a oler a naftalina, y cuando alguien la escucha la presentamos como “un arrebato de mi adolescencia”, “una rareza de los primeros días de la banda”.
Habrá unas que pasen la prueba y otras que se queden en el camino, pero no habremos pecado de reserva esperando y esperando. Todo esto lo entendió mejor el escritor argentino Hernán Casciari, que hacía literatura en directo y que publica sus cuentos recién escritos para recibir los comentarios cuando verdaderamente le importan. Es decir, cuando lo que acaba de escribir significa todo para él.
Todo esto para presentar el siguiente EP, que recoge algunas canciones viejas de la banda. ¿Por qué no las mostramos a la gente en su momento? Supongo que por esperar ese gran productor del que les hablaba. O por creer que con el tiempo las tocaríamos mejor, qué sé yo. Y con el tiempo nos dejaron de interesar, pasamos a otras canciones, llegaron otros músicos y ya ni siquiera las tocamos, o rara vez las tocamos. Y no entendimos que ese primer momento era el momento de esas canciones, que ese sonido sucio y esa grabación regular era la forma en que debían ser registradas, porque hay algo en el hálito inicial de las creaciones que no se consigue luego. Hay un fuego interno en lo primigenio que a veces vale más que el pulimiento o lo superproducido.
Por eso, ahora que las vuelvo a escuchar, me gustan: porque son imperfectas pero honestas; torpes pero originales. Sí, “son una rareza de los primeros días”, algo que no representa el sonido de la banda ahora. Por eso debimos presentarlas así, imperfectas, cuando recién las grabamos. Pero hay cosas que uno tarda años en comprender.
En cualquier caso, ahí están, y esperamos que las disfruten.   


miércoles, 28 de septiembre de 2016

Borracho



A pesar de todo –de presentaciones tibias, sin gente, con mal sonido, en lugares inadecuados– solo me arrepiento de dos conciertos. Solo dos para diez años, que en teoría es un balance bueno, supongo.
El primero, un concierto en la 33, muy a los inicios. Un concierto en el que hicimos la tarea: definimos bien el lugar, convocamos con antelación y la gente respondió: 133 boletas vendidas: un récord para nosotros. Solo que el tipo del sonido no llegó a la hora, ni a la otra, ni después. Llegó a las nueve y media de la noche, carreriado, cuando ya habíamos tenido que empezar con el pírrico sonido de los amplificadores. Llegó a montarlo todo, con la gente ahí, al frente, mirando. Llegó cuando ya muchos se tenían que ir, y entre afanes todo sonó como la mierda.
Mis amigos habían ido a acompañarme por primera vez, y el concierto fue malo, remalo, entre feedbacks y errores de ecualización. Pudimos haber tocado bien –trato de recordar– pero lo que sonó afuera fue un desastre. Pudimos haber tocado bien –insisto– pero ya estábamos tan estresados y aburridos que de seguro no tocamos bien. O por lo menos no lo disfrutamos.
García Márquez decía que uno escribe para que los amigos lo quieran más. Creo que se hace extensivo a cualquier arte. El que estuvieran mis amigos ahí levantaba un factor de pena. Vergüenza ante ellos, quiero decir, ¿me entienden?
El otro arrepentimiento fue por el concierto de este sábado.
Y resumo: me emborraché.
Me emborraché antes de tocar, o sea que subí al escenario como una cuba.
No hablo de una mediacaña por tres rones; hablo de media botella de tequila y vodka; hablo de irse para los lados, de tratar de enfocar.
Esas cosas que podían quedarle muy bien a Sid Vicious pero que a mí, pasado de los treinta, me generan una latencia de pensamiento y acción.
En la práctica es estar siempre corrido en la nota, o no caer a la que es.
En la práctica es hablar tonterías, lanzar improperios: ese monstruo que vive en uno y que a veces sale cuando estás borracho.
Y no quiero entrar en detalles ni contar lo que pasó después.
Tan solo digo que me da pena.
Siento culpa.
No vuelvo a beber 
(antes de un toque)
y pido perdón.

martes, 6 de septiembre de 2016

Cómo hacer para que la mesa no se caiga



A veces los héroes están a una llamada de distancia, y solo es cuestión de marcar unos números en el teléfono para escucharlos. No crees que contestarán, y contestan. A veces.
Fue así de simple como conocimos a Federico López, Habichuela, el tipo que produjo los mejores discos del rock en Medellín.
No sé dónde quedó el papelito con el número telefónico, que conseguimos de rebote escuchando una conversación ajena. Lo llamamos sin esperanza, le pedimos una cita sin fe en que asistiría, y asistió.
En aquella hora y media, una mañana de 2009 en un café del centro comercial Monterrey, Federico nos enseñó más de producción musical que todos los tutoriales de Youtube.
Queríamos que nos escuchara, que produjera nuestro disco imaginario. Antes de eso nos dio una cátedra frente a las cosas que cualquier banda debe tener lista antes de meterse a grabar.
Las recomendaciones que nos dio son tan lógicas y simples que casi siempre las pasamos por alto. No las vemos o no las sentimos tan importantes. Pero vaya si lo son.
Federico anotaba en unas hojitas azules todo lo que nos decía, y lo único que nos pidió fue que le enviáramos fotos de aquellos garabatos.
Fue generoso, fue directo y fue claro. Nos dijo que cuando tuviéramos resueltos todos los puntos que nos había escrito lo volviéramos a llamar. Nunca lo hicimos. Naufragamos en esa sutil distancia que separa a una banda amateur de una profesional.
Mil años después recuerdo esa mañana, la charla franca de Federico, y consigno por aquí los consejos para la banda que le sirva.


Uno
Partamos de la pertinencia actual de grabar todo un álbum. ¿Justifica grabar diez o doce temas para que solo suenen uno o dos? En el mundo actual resultan más valiosas las canciones que los álbumes. Es decir, la gente en este momento tiende a escuchar singles más que álbumes completos.

Dos
La Teoría de las Cuatro patas o Cómo hacer para que la mesa no se caiga.
Imaginemos una mesa cuatro patas. Pues esa mesa es un producto musical.  Una de las patas es la producción, otra es la difusión, otra es la distribución y otra el sostenimiento financiero.
Para que la mesa se mantenga en pie se necesitan las cuatro patas firmes. Uno de los problemas más comunes en la escena de Medellín es que las bandas gastan mucho en producción, algo en difusión, muy poco en distribución, y al final el sostenimiento financiero es casi nulo. O sea, la mesa va al suelo. Crash.  
Resulta más valioso ahora no gastar tanto en producción y cuidar más la difusión y la distribución –aprovechando la internet, por ejemplo– para que la sostenibilidad financiera sea posible.  Es decir, para que la mesa siga en pie.

Tres
“The audience is on the stage”. Antes, las bandas movían a sus seguidores, les “imponían” lo que quisieran; ahora el mando es de los seguidores. Han subido al escenario y tienen decisión sobre los músicos. Por ello, uno tiene que cuidar su público, consentirlo. Definir cuál es su población, qué es lo que ellos esperan de uno, es un paso importante para precisar el concepto de la banda e, incluso, el tipo de sonido. Es un nuevo poder: que los seguidores puedan escoger, por ejemplo, las canciones a grabar, que ellos opinen, que estén más cercanos a la banda y tengan decisión. Conseguir un seguidor fiel es más importante que 400 infieles.

Cuatro
De ahí que una de las tareas urgentes para el caso concreto de bandas como Áluna es saber cuál es su población. Se sabe que hay un grupo de chicos –sobre todo en Castilla– que los sigue. Ahora la banda debe crear una base de datos, mantenerlos al tanto, darles lo que ellos quieren sin que eso viole la forma de hacer música ni el concepto del grupo.  

Cinco
Y ya que hablamos de concepto, es otra cosa a definir claramente. Enumerar, por ejemplo, los valores que debe tener una canción de Áluna, que vayan de acuerdo con los valores que los seguidores esperan de estas canciones. Esa es una discusión que se debe dar. Para ejemplificar el asunto digamos que uno de los valores es que se pueda guitarrear, que sea clara; otra es que experimente, que no sea tan común, que proponga otras salidas no convencionales. Y podemos seguir pensando más. Definir de todo ello tres valores primordiales y velar porque cada canción cumpla con eso.

Seis
Recordemos la primera idea: la gente pide canciones más que álbumes. Así, hay que aprender a producir cada vez más canciones, con más calidad, en menos tiempo. Es estar continuamente entregándole al público algo nuevo. Y que sea bueno, que cumpla con los valores. Eso es eficiencia.

Siete
El público, ahora, es también una especie de productor, en la medida en que logra tener decisión sobre lo que produces. Ambos –es decir el productor convencional y el público productor– son guías para, también, llegar a la eficiencia.

Ocho
Hay que grabarse. Ni siquiera grabarse muy bien, pero con cierta claridad. Aprovechar los propios recursos. Grabar los conciertos, grabar los ensayos. La gente ya no anda esperando superproducciones: una grabación casera puede demostrar la clase de banda que tienes. Lo que importa es que la canción sea buena, más que el empaque que la recubra.

Nueve
Tareas:
-          Definir los valores.
-          Resolver la grabación.
-          Plantear la actuación en vivo (cada vez más importante).
-          Orientación.

Hasta ahí. Eso fue lo que nos dijo y en parte lo que no cumplimos. Quedamos con una deuda pendiente y el agradecimiento eterno al héroe que una mañana se sentó a nuestro lado.

domingo, 28 de agosto de 2016

Adentro

Les voy a decir qué no van a encontrar aquí: no van a encontrar diatribas contra Radiónica ni contra Altavoz ni contra ningún medio de divulgación independiente. No van a encontrar quejas como que “todos son unos rosqueros” o “mi banda no suena porque no está en la colada”.
Patrañas. Nosotros jamás hemos tocado en Altavoz ni sonado en Radiónica ni nos han reseñado en artículos como “el nuevo sonido de Medellín” ni hemos sido el rey del mes en ninguna parte. Y aun así jamás se me ocurriría pensar que la culpa es de ellos y no nuestra.
Hay bandas buenas que son reconocidas y bandas malas que todos ignoran y bandas buenas que nadie conoce y bandas malas con una sobrada exposición. Algunas saben más de medios que de música, y otras solo saben de música. No siempre se trata de justicia: se trata del camino que ha sabido labrarse cada proyecto musical.
Ya quisiera yo que Parlantes tocara en medio mundo, pero a lo mejor esa no es la meta de Parlantes. El caso es que al final, si se mira, las respuestas a los porqués suelen estar adentro más que afuera.
Y sí, desde luego: hay que luchar contra prácticas desdeñables como la payola, o propender por mejores políticas públicas, o buscar nuevas estrategias para nuevos mercados.
Pero de ahí a echarle la culpa a todos, a los otros, bah. Las lágrimas para otro día.

domingo, 31 de julio de 2016

Hubiéramos querido bailar

Youtube le hace bien a los nostálgicos. A veces, sin esperarlo, encontramos una canción perdida que alguien tuvo la generosa voluntad de montar. Canciones de nuestra adolescencia, cuando los gustos se definen. Canciones casi olvidadas que sin embargo hicieron parte de nuestra banda sonora. O nuevas-viejas canciones, que no llegaron a nuestros oídos cuando debían –a lo mejor porque no sonaron en las emisoras o porque en los casetes que pirateamos no estaban– pero que tienen esa estética de Medellín a finales de los noventa en que el rock se bailaba. A estas últimas quiero referirme hoy: canciones que no escuché cuando salieron –maldita sea: todo concierto perdido es una gran experiencia sin vivir– y que ahora me lamento. Grupos buenísimos que ensayaban en la otra esquina. Exitazos de barrio que conocieron dos o tres. Hits que nunca fueron y que debieron haber sido. Canciones que nunca canté con mis amigos, y que de seguro nos hubieran encantado*.

El Sótano: Yo maté a John Lennon
Tengo un leve, levísimo recuerdo de esta banda. Acaso de algún afiche promocional en un bar o de una mención muy fugaz en un periódico. Pero no de su música que hasta ahora me llega con esta canción buenísima, medio funk, provocadora. “Yo maté a John Lennon, soy un trozo despreciable de humanidad”. Y sin pensarlo mucho bailamos sobre la tumba del beatle porque esa guitarra con efecto wah nos conduce y ese bajo eslapiado provoca azotar baldosa. Todo es un juego, no hay que tomárselo muy a pecho. Y sin embargo, entre tapatí y tapatá, verdades de antes que siguen siendo lamentablemente actuales, quizás mucho más: “Me preguntas por qué lo hiciste. Lo hice por la fama. Ahora todo el mundo me reconocerá”.
Sí: Yo maté a John Lennon. “Y aún guardo el Smith & Wesson 38, por si lo quieres acompañar”.


Los Árboles: Perro viejo
El efecto de Los Árboles es curioso. No conozco otra banda del rock local que haya ganado tantos seguidores después de muerta. Hasta el punto de creer que tiene más fans ahora que en su momento de mayor actividad. Pocos fueron a sus conciertos, menos compraron su disco –una placa impecable: la combinación de la densidad y la simplicidad en un mismo repertorio–, y a pesar de todo, gracias a una distribución tardía o a un voz a voz entre borrachos de bar, desde hace unos años para acá Los Árboles crecen y crecen, se escuchan en las fiestas, son los infaltables en los especiales sobre el rock de Medellín. El álbum no tiene presa mala: desde el sonido arrullante de El Mar hasta el bailable Jonás. Y claro, cómo no, este Perro viejo anarquista, con esa línea de contrabajo tan bella. No es un descubrimiento nuevo, digamos, pero es una canción que me hubiera gustado cantar a los gritos en algún concierto en la calle. ¿Dónde estábamos cuando Los Árboles tocaban por ahí?  


El Chispero: Dios
Solo basta ver a ese vocalista: los ojos que se desorbitan, el paso de títere al bailar, la voz engolada, las ganas de dejarlo todo por una canción. “No soy Dios, pero lo intento”. Hijos de Juanita Dientes Verdes, la presencia de El Chispero fue fugaz y divertida. Una banda cachonda, con un frontman de lo más particular. Un demo de 1999 y algunas canciones pegajosas. Cuando llamé a El Chata a preguntarle por este grupo, lo único que recordaba era una fiesta. No una en particular, sino una en general: una fiesta de dos años que se llamó El Chispero. Suertudos los que lo vieron en Rock a lo Paisa en el 2000. Los que no, nos queda esta golosina visual (por cierto, cuánto bien le hace Román González a la memoria de nuestro rock con su canal de Youtube): Musinet de final de siglo, el público tímido que no sabe si aplaudir luego de que Camilo dice “Este tema está dedicado a Dios, jum jum”, el corista más inútil que se haya visto, las calcomanías en los instrumentos cuando eran algo cool, la camiseta debajo de la camisa. Días posgrunge y numetal, en los últimos estertores de aquel sonido bailable y urbano que llegó a conocerse como el Rock de Medellín. Una etiqueta inexacta, desde luego, aunque fuera innegable que entre Bajotierra y El Pez se popularizó una especie de sonido de esta ciudad que de alguna forma estas bandas que hoy reseñamos complementan.


Por eso, como Bonus Track, pongo Fiesta en el temor, que jamás me tocó en vivo. Ni Territorio betamax, que sí llegaron a tocar pero tampoco me tocó. Pintaba bien el Disco Tres de El Pez, que nunca vio la luz aunque alcanzaron a grabar algunas canciones. Mejores, sin duda, que Superdotado.
Pero ese, me temo, es otro tema.



*¿Acaso usted bailó alguna de estas canciones, con esa descoordinación propia de los roqueros al bailar? Lo envidio.