martes, 21 de noviembre de 2017

“Solo puedo bailar tan bien”


Siempre me han fascinado los hombres orquesta. Una vez, en Santa Marta, le pagué tres veces a uno para que siguiera tocando. Puede que tengan algo de arlequín o de atracción de circo, pero al tiempo son una muestra sorprende de virtuosismo en la música.
Ahora los hombres orquesta usan loop station y efectos de sonido. Eso no les quita creatividad. Y cuando miro a mi entorno, aquí en Medellín, el hombre orquesta que más me gusta tiene nombre de molusco en tierra: Pulpomán.
Su mérito no está en hacer el ritmo con la caja de la guitarra, doblar voces o sumar efectos. Ni siquiera está en tocar tan bien las canciones de Radiohead. El mérito de Pulpomán está en la consistencia. Agua, arena, noche, fuego, oscuridad. Creo que no hay otro cantante en Medellín que se haya tomado tan a pecho ciertos referentes y los haya hecho parte de su obra. Las canciones de este pulpo, aunque distintas, navegan en el mismo mar, y es capaz de tocarlas solo sin que pierdan su oleaje.
No es usual, y es tremendo. Lo sentí una vez con Goez, capitán de los espectáculos en solitario, y lo siento ahora con este músico anfibio. Con la diferencia de que Pulpomán lo cuida todo: su imagen con tentáculos en la cabeza, su sonido híbrido entre lo electrónico y lo acústico, sus letras de piratas, y hasta su misma literatura, que de alguna forma ronda sobre toda esta obsesión.
Creo que una de sus canciones lo resume claro: “Solo puedo bailar tan bien”. 

martes, 17 de octubre de 2017

Canciones huérfanas


A dónde irán a parar las canciones huérfanas. Me refiero a las que nunca fueron grabadas, o que aun grabadas se pierden por ahí. A veces porque algo les falta, porque no es su sonido, o porque significan tanto para uno que da pena presentarlas. Sobre todo esas últimas: las canciones amadas, viscerales, que acaso si cantamos ya borrachos al final de la noche o cuando la nostalgia nos sopla su veneno. Es raro, ¿no?, las canciones más personales, las que más nos representan, se quedan en silencio. Para uno. O al menos así lo siento ahora. Yo compuse una canción a mamá, y otra a Eliana; le he escuchado a Óscar cosas parecidas. Pero nunca se nos ocurrió montarlas. Son tan nuestras, tan grandes, que la exhibición da vergüenza. Como las cartas de amor. Y van por ahí, perdidas, esperando un momento que difícilmente podría llegar. Tan solas.

martes, 10 de octubre de 2017

La posibilidad de lo imposible



De no haber sido cantante de rap, Henry Arteaga hubiera sido arquero de fútbol. O quizás bailarín del Ballet Folclórico de Antioquia. Pero para ambas cosas era muy bajito. Como arquero, aunque le fuera bien con la pelota, era fácil colgarlo y meterle los goles por arriba, y como bailarín, aunque fuera prometedor, se vería mínimo al lado de los grandotes extranjeros en las competencias internacionales, le dijeron en el Ballet tras una audición. De todas formas siguió bailando –cumbias, porros, salsas– y tanto baile lo llevó al breakdance, y el breakdance a fundar uno de los colectivos de hip hop más importantes de Medellín: los Crew Peligrosos. Cada puerta cerrada fue una oportunidad para encontrar su camino.
Henry –que nació en 1979– creció en Aranjuez, en una de las calles más peligrosas de una de las comunas más peligrosas de la ciudad. De ahí el nombre de Crew Peligrosos: venir de un barrio como Aranjuez era visto con sospecha para muchos. Igual si se dijera Castilla o El Popular, o Belencito o La Esperanza, o tantos otros. Henry le dio la vuelta a la palabra y la ajustó al arte: ser peligrosos pero para los violentos, porque el hip hop –que incluye grafiti, rap o mc, deejay y breakin– le roba jóvenes a la guerra. Crew, dentro de la cultura de hip hop, es como un grupo de parceros, y más que grupo, familia. Desde el inicio de este cuento, en 1999, Henry pensó en colectivo.
O más o menos. Comenzó bailando con un amigo, Julián, conocido como Skill, en la casa de cualquiera o en la calle, inventando pasos, adaptando lo que sabía de los ritmos tropicales a ese mundo de piruetas en el piso y vueltas sobre la cabeza que es el break. Cualquier día, un chico no mayor de doce años, conocido como Izel, les pidió que le enseñaran. Este chico comenzó a llevar a otros, y estos a otros más. Henry y Skill les enseñaban sin cobrar un solo peso, conscientes de que el conocimiento no puede ser solo de uno. “Si uno no enseña, se acaba”, le diría a Henry años más tarde Rafael Cassiani, director del Sexteto Tabalá, en San Basilio de Palenque. Una premisa que reforzaba lo que este muchacho de Aranjuez siempre había creído.
Espontáneamente nació 4 Elementos Eskuela, un grupo de educación voluntaria basada en los cuatro elementos del hip hop. Henry buscó un espacio en el colegio del que había sido expulsado en el bachillerato, el Gilberto Alzate Avendaño. Ahí mismo, en Aranjuez. Humberto Bermúdez, rector de la institución, creyó en la propuesta y les cedió salones para ensayar en las noches. Desde 2003 la Eskuela viene formando niños y jóvenes del nororiente de Medellín, ya sea como raperos, grafiteros, breakers o deejays. En una especie de metodología de la libertad: cada quien va a su ritmo. Pero con un mandamiento: solo se alcanzan las metas con disciplina. En 17 años, más de 4.000 jóvenes han pasado por la Eskuela, que a veces tiene el apoyo de alguna fundación y otras veces se defiende como puede, fiel a sus principios: en modalidad de voluntariado, gratis para los que ingresan, juiciosa en los horarios y libre en el pensamiento.
“Tiene que verlo para que lo entienda”, dice Henry. Y tiene razón. Desde las cinco de la tarde, el colegio Tomás Carrasquilla, sede alterna del Gilberto Alzate Avendaño, se llena de beats y chicos que bailan; otros aprenden caligrafía y algunos a pinchar discos. Es un caos hermoso en el que más de 200 jóvenes (desde niñas de nueve años hasta mujeres de treinta) pasan sus tardes aprendiendo alguna rama del hip hop. A las nueve de la noche terminan, y al otro día vuelven, puntuales.
Entonces Crew Peligrosos son varias cosas: un colectivo de hip hop que comenzó enfocado en el breakdance, y una Eskuela donde los más tesos les enseñan a los que apenas comienzan. Todo esto en medio de la violencia que ha existido siempre en la comuna, y en parte como respuesta a la violencia que ha existido siempre. El salto del breakdance al rap fue apenas natural. En 2005 Henry conoció a PFlavor, otro rapero del barrio, y comenzaron a juntar sus rimas y a estructurar el componente por el que más se conoce al Crew: la parte musical. Pero en el fondo se trata de todo. De Henry como gestor de esta historia, mc, cabeza visible de un movimiento que revolcó buena parte de la juventud al nororiente; de PFlavor in the mic, juguetón en la rimas y vibrante en el escenario; de breakers como Arex, campeón americano en cuatro ocasiones; de deejays como Rat Race o Hunter, que construyen los beats; o de grafiteros como Pac Dunga, que llevan más de 20 años rayando paredes con estilo. A veces se dice que Crew Peligrosos son cuatro, ocho o dieciséis. Son los cuatro de la foto que acompaña esta página, que dan la cara en los escenarios, o es el combo de breakers que se ve en las competencias. Resulta difícil precisarlo. Crew Peligrosos son todos estos y son los que pasaron y ya no bailan, pero siguen de cerca al movimiento. Son las nuevas generaciones que se forman en la Eskuela y que pasarán a engrosar la parte visible del grupo. Son los que se formaron y tienen sus propios procesos en otros barrios. La Eskuela, el Crew, la familia, son indivisibles. Al final, Crew Peligrosos es como un espíritu de querer hacer las cosas, de tocar las puertas y enseñar, siempre enseñar.
Los primeros diez años fueron silenciosos: sirvieron para consolidar la propuesta, crear canciones, organizar festivales de comuna, fortalecer la Eskuela. La explosión del Crew, como propuesta musical, se dio con la publicación de su primer álbum, Medayork, que recoge el sonido del hip hop de los noventa mezclado con aires latinoamericanos. Hip Hop con color local. El juego de palabras no es gratuito. El hip hop nace en Nueva York, en el Bronx, en 1973, cuando jóvenes de pandillas rivales se unen a cantar en los parques al ritmo de la música de Clive Campbell, conocido como DJ Kool Herc. Algo parecido a lo que lograba el hip hop acá. Medayork llevó al Crew a sonar en emisoras y a girar por países como Perú, México, Estados Unidos, Francia y Suiza.
Luego vino Madafunkies, una colección de canciones que, en su sonido, da cuenta de estos viajes. Desde influencias del hip hop europeo y norteamericano hasta mezclas con músicas del Pacífico y las Antillas. El álbum, producido por Hunter y Rat Race (dos deejays que comenzaron de niños en la Eskuela), demostró que Crew Peligrosos no está para ponerse límites.
En adelante todo ha sido el vértigo feliz de hacer conciertos, bailar, mezclar el hip hop con sonidos sinfónicos o con lo que sea, seguir enseñando, viajar por el mundo, viajar por el país y ayudar en procesos sociales, compartir con otros músicos, pintar paredes, soñar en grande, ganar reconocimientos, grabar videos que muestran la cotidianidad del barrio, componer canciones con sentido crítico pero sin caer en una apología a la violencia.
Y cuando a Henry (a quien todos conocen como el Jke, es decir el jeque, que significa “viejo sabio”) le preguntan cómo lograron todo esto desde un barrio que muchos miraban mal; cómo así y todo saltaron al mundo; cómo fueron los años de perseverancia; cómo tocaron puertas; cómo es formar tantos jóvenes a través del hip hop; cómo sumar voluntades; cuando le preguntan, en fin, cómo lograron este imposible, responde, emocionado: “¿Imposible? ¿Qué es eso? Imposible no es nada”.

martes, 3 de octubre de 2017

Deseos

Lo que me gusta: que Óscar se hubiera atrevido a cantar. Eso, sobre todo. Porque venía, desde hace días, coqueteándole al canto, pidiendo pista, haciendo coros. Y si una banda no está para equivocarse, para jugar, para ensayar todas las posibilidades, entonces para qué putas.
Yo fui el más quejumbroso con su voz de subsuelo. Yo, el cínico. Pero era por joder. Porque me encanta cuando me permiten, a mí también, lanzarme con mi voz rasgada a cantar lo que quiero. Aunque desafine. Cante aunque no cante.
Y cantó bien, el Óscar. Aunque la canción no me mata. Me recuerda, a pesar de las distorsiones, a Vilma Palma. Debe ser por ese coro Sol-La-Re mayor. Pero me gustan los teclados que suman capas oscuras, con esas campanas, y los solos de Boris, y cierta intención al principio de hacer las cosas de la manera más simple, solo marcando las negras. Y me gusta la voz de Fernando que, aguda, contrapuntea a la de Óscar.
Lo que no me gusta: cuando dice “y mis sesos comenzaron a escurrir tus deseos en mi cuello”. Un poco zombie, jodidamente raro. No sé por qué nunca se lo dije a Óscar. No importa si no lo hubiéramos cambiado, estaría bien habérselo dicho. De eso, también, se tratan las bandas de rock. Darse palo. Odiarse. Quererse de nuevo. Hacerlo mejor.
No me gusta cierta saturación que alcanza después del coro y que se sostiene hasta el final. Las canciones, como los amores, deben descansar. No sé por qué tampoco se lo dije nunca a Óscar.
Pero está bien haberlo hecho. Siempre está mucho mejor hacerlo que guardar silencio por cobardía. Por eso me gusta que esté así, grabada, y que la presentemos ahora. Me gusta el video lyric, con Luisa de dieciséis añitos en una ensoñación. Y esa película de fondo, Chico y Rita. Me gusta que la canción exista, que esté en Youtube, y que a alguien le guste, quizá.
Y como son más las cosas que me gustan que las que no, me gusta estar presentándola aquí, ahora, hoy.

martes, 26 de septiembre de 2017

Welcome to the jungle



En el fondo, todo el cuento este del rocanrol comenzó para mí con dos hechos triviales. El primero debió ser en 1992, cuando yo tenía diez años y los Guns N' Roses venían por primera vez a Colombia. En Abejorral, esta noticia pasó sin aspavientos porque la gran mayoría escuchaba guascas o música romántica, y acaso algunos mayores todavía ensoñaban con Garzón y Collazos. Pero para alguien (algún muchachito díscolo, de esos que salvan la juventud en los pueblos) la noticia del concierto era de veras significativa; tanto que había escrito en una pared precisamente eso: “¡Vienen los Guns N' Roses!”. Con la letra temblorosa de lo prohibido, en aerosol naranja chillón, tan visible e inevitable que era imposible no darse cuenta.
Yo no sabía quiénes eran los Gunners. A lo sumo escuchaba la música de mi hermana, obsesionada entonces con Jon Secada y la estrella naciente del pop español, Alejandro Sanz. Pero aquello en esa pared me provocaba algo; algo que revolvía el miedo y la tentación. Yo sabía que lo que había hecho ese chico desconocido era ilegal y mal visto. Y al mismo tiempo sentía (sin confesárselo a nadie) que eso me gustaba y que era mucho mejor que la música sonsa de mi hermana. Porque entendía que los Guns N' Roses eran un grupo musical, quizás de aquello que mis tías llamaban música satánica, y que por algún enredo del destino ese sería el ritmo que me acompañaría siempre.
El segundo hecho ocurrió un par de años después, cuando ya estaba en el bachillerato. Como en mayo, en el colegio realizaban una semana cultural con presentaciones de los estudiantes. El cierre del evento estaba a cargo de los estudiantes de décimo, que habían preparado una fonomímica. Las fonomímicas eran la salida más fácil entre las salidas fáciles de todos los actos culturales en el bachillerato, en Abejorral y en cualquier parte. Pero esta fue diferente. Primero porque habían tapado con cartones las ventanas del auditorio, dándole un aire de penumbra que nunca había tenido. Segundo porque lo que vimos fue en verdad majestuoso. Al menos para mi mente de doce años que solo había ido a un concierto en su vida, y era de Fausto queriendo correr por su cuerpo como agua caliente.
Al grano. Aquellos chicos habían preparado una presentación de los Guns N' Roses (¡sí, los jodidos Guns N' Roses!) con las caras pintadas (no me pregunten por qué) y guitarras eléctricas hechas con cartón y madera. Pero había más: al fondo, en un telón de unos cuatro metros, habían pintado la calavera sonriente cruzada pistolas de los Gunners, en un realismo impactante (sigo pensando con mi mente de doce años) y lo mejor: acompañando todo con juegos de pólvora (¡juegos de pólvora, joputa!) y el sonido brutal de Welcome to the jungle.
Aquello fue extraordinario. Todo el liceo Manuel Canuto Restrepo estalló en una histeria adolescente aunque casi nadie supiera de los Guns ni del rocanrol. Pero la pólvora (joputa, la pólvora), con esas luces amenazando quemar el establecimiento, esos muchachos con pelucas y taches, aquella calavera pintada y esa canción poderosa nos llevó a un paroxismo de gritos y pogo instantáneos. Algo natural que nos salió de los cojones. Todo eso a lo que los profesores siempre le han tenido miedo, en Abejorral y en cualquier parte. Tanto así que al vernos enloquecidos desconectaron los amplificadores a la mitad de la canción. Solo que el daño ya estaba hecho. Habíamos visto esa parodia malvada, satánica (¡satánica!) por dos minutos increíbles; habíamos sentido en el pecho la vibración del bajo y las distorsiones. Puede que ahora, cuando los vuelvo a poner en su sitio (cuatro muchachos de décimo disfrazados de roqueros) me dé risa y hasta pena. Pero entonces fue la representación de lo salvaje. Algo que solo se podría comparar con lo que sentí un año después cuando cayó a mis manos Rodrigo D y el Nevermind. Algún compañero a mi lado, extasiado, me preguntó qué música era esa. “Rock and roll, beibi”, le dije, sobradito, simulando alguna película extranjera.
Esa tarde fui a la única chacita que vendía música en Abejorral. Casetes piratas, en realidad, a dos mil pesos, y le pedí a la señora que me vendiera cualquiera de rock; no me importaba cuál. Creo que solo tenía uno de Ekhimosis, que para mi fortuna era el Niño Gigante. “Le puedo traer más, si me los deja pagos”, me dijo la señora. Y ahí comenzó en serio el cuento este del rocanrol.
Solo que esa es otra historia. Una historia que les contaré luego.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

La felicidad del humo


Óscar era parecido a Marilyn Manson, y como el cantante de Ohio era de lo más popular al comenzar la década del 2000, a Óscar, de rebote, le iba bien con las chicas. Le ayudaba su aspecto desaliñado, y a lo mejor ese aire grunge que le daba el fumar marihuana todos los días.
Me parece verlo: bluyines  rotos, cabello hasta la espalda, el bajo negro colgado hasta la rodilla a la usanza de los músicos de punk.          
Tenía casetes por montones, muy a la onda de nuestra generación: marcados con lapiceros y con los logos de las bandas dibujados. (En nuestros años, dibujar en las cajas de los casetes era un arte de alto valor). Fuera de eso sabía tocar cada canción de Kurt Cobain, rasgando la voz hasta llegar a la disfonía.
Era un chico de los noventa.
En algún punto de esta última década se le cayó el pelo y tomó en serio su trabajo. Se volvió fiel, aplomado, mejor músico. Maduró, si se puede. (A todos, de hecho, nos embistió el mismo animal). Abandonó la marihuana.
Se volvió otro: mejor, peor, para nada el mismo.  
Por eso fue un logro tremendo hacerlo fumar de nuevo el sábado santo en la finca. Porque Óscar, que competía con Bob Marley, había dejado atrás la hierba incluso antes de botar los casetes. Y escuchamos música y nos reímos y no paso nada. (No tenía que pasar). Lo inusual es que por primera vez en diez años la banda estaba fumando junta. Seguro ustedes no entienden el acontecimiento: nosotros, que a lo sumo compartimos el Bon Yurt, estábamos de lo más tripping como los viejos amigos que somos. Nosotros, que podríamos liderar una campaña antidroga sin atisbos de culpa, envueltos en la felicidad del humo. Tranquilos, hablando de nada y de todo, viendo avanzar la noche negra: soñando nuevas canciones.
Nada más: una historia cualquiera.
Excepto porque ahora, que me despido de la banda, recuerdo esto: que fue nuestro último momento juntos, y que la pasamos bien.

martes, 29 de agosto de 2017

Oda mínima a los bares



A lo mejor nuestra anatomía como banda no estaba hecha para los grandes escenarios. Nunca pisamos un Altavoz ni un Rock al Parque, y los conciertos “grandes” en los que estuvimos no salieron del todo bien. En un festival de rock de la Comuna Seis nos tocó de primeros (no por sorteo: arbitrariamente) y apenas si nos escucharon los técnicos de sonido e iluminación. En un concierto en el Parque de Berrío, luego de Nepentes, cayó un aguacero drástico que vació el lugar. Tocamos como nunca, eso sí, para un amplio público de tres pordioseros bajo el agua. Quizás al principio, en los primeros esbozos del Castilla Festival Rock, la cosa salió bien, pero era en tiempos donde el festival era un festivalito entre amigos.
En compensación, los espacios pequeños siempre nos cayeron en gracia. Desde aquellos toques primigenios en La Guardia, los más logrados en Yagé, los ebrios donde el Mañas y los festivos en los bares de Bello: Mandala y Arcano. También recuerdo un toque bueno en Copacabana y los conciertos increíbles al final de la Batalla de Bandas de Nuestro Bar, con el grupo en su mejor momento.
Los bares, con el público a un paso, siempre fueron nuestro espacio natural.
Pero de todos, quiero recordar un concierto en Mandala, algún día de un diciembre, con la gente saltando un poco enloquecida; quiero recordar un concierto en Yagé, con Andrés como vocalista, en el que Juan se sumó para cantar Tierra y olvido y fue una especie de pelea de gallos que creció la canción hasta el estremecimiento; quiero recordar un concierto en Arcano en el que el Mono se subió a leer un poema de Raúl Gómez Jattin; y otro concierto en Bello, en un bar que no recuerdo, donde Óscar recién enamorado de una chica nueva me decía mientras tocaba que se sentía muy feliz.

Esos cuatro, o cinco, que no es mucho, y lo son todo, quiero recordar.