miércoles, 18 de diciembre de 2013

10. (Medellín, en mi noche, es un mundo freak). Canción: Freak


La última mujer de la que me enamoré se llamó María José, y fue un amor imposible. María José era una bailarina de danza árabe y… y… ag, la verdad ya no quiero hablar más de eso. Estoy cansado y esto comienza a llegar a su fin. Solo les diré una cosa: tengan mucho, muchísimo cuidado con los amores imposibles: no hay nada más real que un amor no vivido, ni, como dijo Sabina, nostalgia peor que añorar lo que no sucedió. Algo así me pasó con aquella chica: el amor más intenso, el que más desequilibra, es el amor no correspondido.
Lo cierto es que después de todo aquello quedé algo vacío, sintiéndome un poco freak, ¿saben? Se gastan tantas energías con un amor imposible. Comencé a ir mucho al Parque del Periodista. Me tomaba unas cervezas y conocía gente. Me sentía bien entre tantas personas raras. Allí cada quien tenía una historia más sórdida que la mía, y eso era una suerte de consuelo. Muchos de mis amigos de ahora los hice allí, hablando de nada y hablando de todo, viendo a las mejores mentes de mi generación perderse en la locura. Y comencé a pensar que casi todos mis amigos, no solo los que conocí en el Parque del Periodista, eran un poco raros. Incluso estos chicos de Áluna. Óscar es un eterno solitario también, Camilo ni hablar, Fáber con cierto delirio de estar tocando una batería invisible, Andrés y sus extrañas pasiones, y ustedes también, por algo están aquí. Pero eso está muy bien, maravillosamente bien. Siempre hay que sospechar de la gente normal: cuántas perversiones no guardarán por dentro. En cambio lo freak es más espontáneo, más natural. Y esa, téngalo por seguro, es la gente que me gusta. 

sábado, 16 de noviembre de 2013

9. (Soledad clarividente). Canción: Vista telescópica

 

No sé a ustedes, pero yo siento que la soledad me regala una visión tremenda de las cosas. Como si mirara el mundo desde la tras escena y pudiera analizarlo con cabeza fría. De repente estoy en un bar –solo, obviamente– y veo las parejas que conversan o se besan, y todo me parece tan vacío, tan elemental. Claro, pueden decir que es simple coraje por estar solo, pero yo digo que es algo más. Como si de repente tu tercer ojo se abriera y todo lo vieras más claro, y reflexionas sobre tantas cosas de un modo tal como nunca lo habías hecho. El resultado de todo eso es más soledad, porque a nadie le gusta la gente que ve y que abre la boca para escupir verdades. De todas formas hay algo de bueno en todo eso, una pérdida de la inocencia, un regustillo de veneno en tu boca.
En fin, yo seguí solo, cachondo, con el tercer ojo abierto, y los días pasaban. La pasaba más mal que bien, pero la pasaba. No iba a suicidarme, por lo menos. Por aquellos días encontré un poema que de todas formas me sirvió de consuelo. Aquí lo tengo en una hojita, y voy a leérselos, si me permiten:

Primero está la soledad.
En las entrañas y en el centro del alma:
ésta es la esencia, el dato básico, la única certeza;
que solamente tu respiración te acompaña,
que siempre bailarás con tu sombra,
que esa tiniebla eres tú.
Tu corazón, ese fruto perplejo, no tiene que agriarse con tu sino solitario;
déjalo esperar sin esperanza
que el amor es un regalo que algún día llega por sí solo.
Pero primero está la soledad,
y tú estás solo,
tú estás solo con tu pecado original -contigo mismo-.
Acaso una noche, a las nueve,
aparece el amor y todo estalla y algo se ilumina dentro de ti,
y te vuelves otro, menos amargo, más dichoso;
pero no olvides, especialmente entonces,
cuando llegue el amor y te calcine,
que primero y siempre está tu soledad
y luego nada
y después, si ha de llegar, está el amor.
 
¿Qué tal, ah? Una cosa sí me quedó clara luego de haber vivido todo ello: el amor es concreto, nos hace concentrarnos en un solo punto, encerrarnos, bastarnos entre dos. La soledad abre la mirada, hace ver más allá, como en vista telescópica.

viernes, 25 de octubre de 2013

8. (No sé para qué volviste). Canción: Para no volver

 

Al final volví a la ciudad y seguí con mi soledad: pesada, enferma, ruidosa. Pero luego de un año y tantas decepciones comencé a convivir con ella. Qué más podía hacer. A la soledad no se le puede aceptar con gusto, pero sí con cierta tolerancia. Al fin y al cabo para ciertas cosas es muy sabia. Entonces, un martes sin duda, Marta llamó por teléfono y me dijo que quería hablar conmigo. Es extraño: tenía cierto tono de arrepentimiento en su voz.
Nos vimos en El Guanábano. Ella tenía el pelo pintado de azul. Por alguna razón me molestó verla más bella. Es que, en el fondo, aquella situación me incomodaba. Desde luego que necesitaba a una mujer. Desde luego que estaba aburrido del Redtube, las series gringas y el playstation, pero por qué tenía que ser ella, ella que podía golpearme donde más me dolía.
La gente pretende que para todo nos comportemos civilizadamente; que amemos y rompamos civilizadamente, que podamos reencontrarnos civilizadamente. Pero con el jodido amor de tu vida eso no es tan fácil. Porque el amor rompe todos los cánones de civilidad. El amor es una locura que espanta el tedio, es el silencio del dolor.
Yo la deseaba, eso ténganlo por seguro. Podía lamer su espalda por horas. Solo que… solo que… duele. Duele saber que ella podía salir de mí con si nada, pero yo no. Y en casos así opté por la razón. Suena extraño que lo diga, pero ante la posibilidad de morder el polvo como ya lo había hecho preferí dar la espalda y seguir de la mano con mi vieja compañera, la soledad. Vivir es decidir, créanlo.

jueves, 17 de octubre de 2013

7. (No está bien mirar atrás). Canción: Isabel



“¡Oh soledad! ¡Soledad, patria mía!”, solía cantar Nietzsche. Sin Liliana, sin Marta, sin nada, decidí darme unas vacaciones e irme al pueblo en el que pasé mi infancia. Craso error. De repente, allí, era como si nada fuera mío. En la ciudad por lo menos mantenía ciertas costumbres y lugares comunes; en el pueblo, tantos años después, ya no quedaban sino recuerdos borrosos de una época mejor. Y lo peor es que todos habían cambiado ya. Los que alguna vez fueron mis amigos eran ahora una máscara atroz tratando de comportarse de una forma adulta. Con hipotecas, niños llorones, esposas de lo más correctas. Podría jurar que en la cama no pasaban de la posición del misionero. ¿Y yo qué era allí entonces? Alguien que trataba de recordar, de no desprenderse del todo a la alegría. Solo que no había con quien buscarla o compartirla. Crecer no es un acto biológico en el que las venas endurecen y se cae el pelo: es el olvido sistemático de los niños que fuimos. No sabía qué estaba haciendo allí.
Mucho menos después de mi encuentro con Isabel. Les diré: Isabel era la chica más bella del tercer grado, mi primer amor de niño. Y aquí sí quiero ponerme cursi: salíamos a jugar en las tardes bajo los árboles de mango. Y aquí sí quiero ponerme erótico: nos desnudábamos en el sótano de mi casa solo para ver el sexo carente de vellos del otro. No hacíamos el amor, no sabíamos qué era eso, pero nos gustaba vernos y acaso tocarnos. Sin malicia, sin erecciones ni lubricaciones: simple descubrimiento. Solo una vez nos dimos un beso, ahí en el sótano, de pie, con los pantalones abajo. Fue el primer y único beso entre los dos, el primer beso en mi vida. Y espero que de disculpen si esto parece una niñería, pero qué bonitas son ciertas niñerías.
Y, bueno, allí en el pueblo la volví a ver. Ojos de miel, hoyuelos en los cachetes cuando se reía. La vi pasar por el atrio llevando un coche de bebé. Claro, habían pasado veinte años. Pero a veces el olvido no es olvido sino memoria enmascarada, y por alguna razón volví a sentir cierto arrebatamiento que venía de lo más remoto. Isabel, Isabel, Isabel.
No me atreví a acercármele de inmediato; primero quise averiguar con otros algo de su vida. La información que me dieron no era muy alentadora: a pesar de su edad ya tenía cinco hijos y estaba casada con el alcalde del pueblo, un viejo regordete y posesivo. Me advirtieron que no podía acercármele, que es la peor advertencia que pueden hacerle a uno porque al mismo tiempo genera un deseo urgente por acercársele.
De veras traté de ser cauteloso. Sabía dónde vivía, comencé a conocer sus rutinas, las horas en que salía, el momento en que llegaba su marido. Supongo que tenía la literaria esperanza de que cuando me viera algo se encendería entre los dos.
Hasta que otra tarde en que nadie la acompañaba me le acerqué. Bueno, lo de que nadie la acompañaba era inexacto: tenía un bebé en cada brazo. De todas formas para mí seguía siendo bella. Hola, Isabel, ¿me reconoces?, blablabla, y me miró de una forma tan impersonal, casi como si yo fuera transparente. Al rato me reconoció, aunque sin mayor entusiasmo. 
¿Te acuerdas, Isabel, te acuerdas? Apelé a los recuerdos, desde luego, que era lo único que había entre los dos. Ella apenas si sonrió. Le pregunté por su vida, sus hijos, su cotidianidad, y cada respuesta tenía un tono tan campirano, tan ordinario. Hay mujeres que no deberían abrir la boca. Hay hombres que nunca deberíamos preguntar.
Fue triste: un golpe del tiempo que me volteó la quijada. Les aseguro una cosa: hubiera preferido quedarme con el recuerdo dulce que haberla vista de nuevo, veinte años después, convertida en la mujer del alcalde.

http://www.youtube.com/watch?v=4npJufT4MZ0

martes, 24 de septiembre de 2013

6. (En medio de la soledad qué fácil es ser marrano). Canción: Marrano

 

Verán, quizás el problema más grande con la soledad es que te vuelve vulnerable, gelatinoso: todo te atraviesa. Al poco tiempo estarás deseando amar, y cualquier insinuación femenina, una frase bonita, podrán hacerte arrastrar sin vergüenza. Fracasarás muchas veces, seguro. La soledad es apestosa, y nadie quiere alguien que apeste. Entonces comienzas a buscar desesperado –caes en la absurda humillación de llamar a la exnovias– pero nada funcionará como quieres. No habrá sexo, no habrán besos, nada. Recuérdalo: apestas. Empiezas a odiar el mundo y a necesitarlo al mismo tiempo. Si al menos una chica se te acercara. La masturbación o los prostíbulos son consuelos tibios. Bajas incluso tus niveles de selección. Ya no tiene que ser bonita siquiera, ¡basta con que sea mujer! Y en un estado así, como les digo, eres vulnerable: candidato perfecto para ser marraneado, es decir manipulable, juguetico.
Después de Marta yo quedé en un estado así. Hay novias que lo salan a uno, o sea que después de ellas es como si cayera sobre ti un maleficio que te aleja de las mujeres. Podrás salir con algunas, pero nada funcionará. Y en medio de una situación así, ¿qué hacía yo? Claro, leía por montones, caminaba, escribía. Eras más inteligente, pero me estaba aburriendo a mares y deseaba tener sexo todo el tiempo. Iba a la universidad y veía en cada chica a la mujer de mis sueños. Me la pasaba con una erección. Y en medio de esas apareció Liliana.
Liliana era gordita (y nada más erótico que una mujer gordita). Tenía los labios gruesos y el cabello hasta la cintura; ah, y unas hermosas tetas de lactante: redondas, abundantes (y perdónenme la rima). Era una de esas chicas con las que hay que andarse con cuidado, que tienen un montón de secretos, que cuando menos piensas estallan en un llanto sin razón o en una risa neurótica. Pero yo no estaba en condiciones de elegir y me perdí en ella sin dudarlo.
Cómo abusó de mí, la muy maldita, y no precisamente en la cama. Es cierto que nos acostamos algunas veces, y fue genial. Pero yo para Liliana era, cómo decirlo, una suerte de mandadero. Hacía sus trabajos universitarios, la llevaba y la recogía, le prestaba plata. Estaba claro que yo a ella le interesaba muy poco, mientras que yo cada vez la necesitaba más. Pero aparte de eso Liliana era alcohólica y bebía sin mí –y con sus amigos– cada que le daba la gana. Todo en mi cabeza se estaba volviendo un caos.
Cuando amanecía envalentonado le decía que no, que ya no más. Lo decía con pesar, porque ella de veras me gustaba, pero estaba claro que Liliana jugaba conmigo. Cuando me escuchaba en mis reproches, se reía y me daba un beso. Tomaba mi mano y la ponía en su entrepierna. Y a mí se me olvidaba lo que debía decirle, no podía pensar en más.
Más o menos cinco meses en esta situación. Vaya si sufrí. Ag, las mujeres con las que nos hace salir la soledad. Hasta que un día la vi con un tipo grandote y vacío, tal cual para ella. Así, sin más. Ni siquiera tenía ánimos de hacerle reclamos. ¿Qué me había prometido ella, acaso? Nada. Tan solo sentía en mi frente un letrero gigante que decía: “Marrano”.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Otro paréntesis: un día después de todo


¿Qué hora es? ¿Las diez y media? ¿Apenas? Ay, mi cabeza. Me levanto de la cama, todavía un poco ebrio. Camino hasta la cocina, sosteniéndome de vez en cuando en las paredes. Agua, necesito agua. Ay, mi cabeza. Me tomo medio litro de un tirón. Voy al baño y orino largamente, plácidamente. Pienso: ¿qué pasó ayer? Ah, sí, ganamos, jueputa, ¡ganamos! Vuelvo a escuchar los gritos de euforia, los aplausos. Levanto los brazos sentado en el inodoro. Alegría, alegría, me digo. Luego vuelvo a sentir el dolor de cabeza.
Así son las cosas: una noche ganas una batalla de bandas y a la mañana siguiente te enturbia el mareo. Pero fue bonito, todo. Decidimos tocar de primeros para poder probar sonido; nosotros que en esas cuestiones nos demoramos tanto. Las otras bandas aceptaron encantadas, motivadas por la convención que dice que quien cierra el concierto es el mejor. La cosa empezó un poco lenta, pero nos fuimos calentando. Cuando Felipe, que llegó a última hora, se subió al escenario para contar la historia que da pie a Marrano, sentí que todo saldría bien. Luego Eliana y Manuela nos acompañaron en Pequeña puta y lo demás fue la descarga de Vista telescópica y Freak. Hicimos lo más importante, por lo que estábamos allí: lograr que la gente la pasara bien. O al menos eso percibimos. Nos olvidamos de la tal batalla de bandas y nos dedicamos a tocar.
 
Lo demás fue mezclar ron con tequila y cerveza. ¿En qué momento me emborraché? ¿En qué momento me dio por tocarle el culo a mis amigas? Cuando llegó la hora de la decisión del jurado, este pobre bajista ya estaba tambaleante. No recuerdo qué fue primero, si el conteo de votos del público o el veredicto del jurado. Lo que recuerdo es el grito agudo, fuerte, cuando quedó claro que habíamos resultado ganadores. Y la alegría: una cosa que raras veces puede uno ver, y que ahí estaba viendo. Sentíamos que luego de seis años de estar tocando juntos y de toda esta historia de altibajos, era justo ganar algo de vez en cuando. Hasta Óscar, que posa de amargado, sonrió.

¿Otro tequila? Claro, y otro, y uno más. Perro caliente a las tres de la mañana. Muchos abrazos. Promesas de amor de las que hoy nadie se acuerda y la línea de una canción que compondremos algún día: “Aprende, Catulo, son los riesgos de mezclar el coño con la amistad”. Recuerdo a Glo, a la Chuflis, a Érzica. Recuerdo a Adrián feliz como ninguno. Recuerdo la camiseta de Eliana con el logo de la banda dibujado con marcador. Recuerdo a Andrés preguntándole a Mackenzie si ella era novia de Óscar. Recuerdo a Felipe diciendo que Combustiones espontáneas era de las cosas más bonitas que le había pasado este año. Recuerdo así, pedazos: una voz, una imagen. Ay, mi cabeza. ¿Más tequila? Venga pues. Quizás hoy no tenga muchas reflexiones para hacer. Quizás cuando se gana no hacen falta muchas reflexiones. Siento que con este pequeño triunfo y la participación que tuvimos en la Fiesta de las artes escénicas se cierra un momento de la banda. Como el pasar de la tercera a la segunda división. ¿Qué vendrá ahora? Muchas cosas, espero.
Por ahora, enguayabado, solo pienso en dormir…
 

viernes, 13 de septiembre de 2013

Paréntesis: el peligroso bus del triunfo


 
Recuerdo aquel mundial. O por lo menos recuerdo la expectativa que generó en todas partes. Las camisetas amarillas, el álbum de figuritas con la foto de El Tino en la portada, los comerciales de televisión, el sí sí Colombia, sí sí Caribe. Después del monumental 5 - 0 y de que Pelé anunciara a Colombia como su gran favorito, nadie ponía en duda que daríamos de que hablar en el campeonato. Hasta papá, que odia tanto el fútbol, se compró un televisor para ver los partidos en la tienda. Solo que al primer juego, contra Rumania, perdimos 3 – 1, y luego contra Estados Unidos, novato en estos asuntos del fútbol, caímos 2 – 1, con el fatídico autogol de Andrés Escobar que trajo las consecuencias que ya sabemos.
Vaya si dimos de que hablar: salimos en la primera ronda a pesar del favoritismo y el equipo se devolvió cabizbajo para la casa. No nos quedó sino el filosófico “perder es ganar un poco” pronunciado por Maturana, que aún así no nos sirvió de consuelo.
Desde entonces le temo mucho a los triunfalismos, a la facilidad que tenemos de hinchar el pecho ante la menor conquista. Me da la impresión de que darse por ganador de antemano hace perder el foco, aquieta. Dirán los fanáticos de El secreto que hay que tener una mente ganadora acompañada de una recia voz de triunfo, pero yo, como no creo en best sellers ni autoayudas, siempre me he sentido más del lado de quien espera sin alharacas, del que trabaja en silencio por sus sueños. El perdedor, como el vagabundo, va lento, sintiendo cada paso. Si cae una y otra vez no importa. Lo importante es caminar. Y esos, los perdedores, los vagabundos, me caen jodidamente bien.     
Si traigo todo esto a colación es porque este sábado nos enfrentamos, temerosamente triunfales, a la gran final de la batalla de bandas de Nuestro Bar. Se trata de uno de esos eventos que organizan algunos bares en los que, bajo el mismo modelo de un campeonato de fútbol, las bandas “se enfrentan”, y en este caso, a falta de goles, es un jurado y la votación del público asistente quien elige al ganador.
Es la primera vez que nos metemos en algo así, en parte porque es una interesante oportunidad para foguearse y tocar mucho. Lo que no esperábamos es que ganáramos cada ronda y llegáramos hasta este punto.  
En cualquier caso, más allá de ganar y divertirnos, lo más bonito ha sido el apoyo de ciertas personas que comenzaron a acompañarnos en cada concierto. Al principio nueve, luego trece, después veinte, y así. La una llevaba a la otra, y la otra a la otra. En dos ocasiones perdimos en cuanto a la votación del público (al llevar menos personas que las otras bandas), pero sentíamos que había algo especial en nuestro caso, y era que nuestro público repetía los conciertos. Iba al uno y volvía al otro. Como eran pocos, podíamos charlar con ellos, conocerlos. Los primeros nueve eran amigos de vieja data, digamos; los más de treinta de ahora son nuevos amigos, que ya nos tienen en cuenta en sus planes. Es lo más increíble: sentimos que no estamos ganando seguidores sino que estamos sumando amigos.
Ahora que llegamos a la final, son cerca de cincuenta nuevos cómplices los que nos acompañan. (Vale la mención especial a las autodenominadas chicas locas, hermosas, sepsys y terriblemente increíbles). Cada uno de ellos ganado a pulso. Y eso es lo que me asusta ante la idea de perder. ¿Cómo nos mirarán en ese caso? ¿Seguirán con nosotros? ¿Fue el calor del triunfo lo que nos llevó a acercarnos? Muchos dan por hecho de que ganaremos, pero nunca se sabe. A lo mejor las otras bandas también dan por hecho que ganarán.
Supongo que si en verdad hemos sabido hacer amigos, como creo, sabremos llevar la derrota, aprender de ella, en tal caso. O celebrar alegres un paso más, una batalla para la que hemos trabajado duro. Por ahora todo es incierto, y temo, no lo niego. Genera tensión esperar, pensar tanto. Al mismo tiempo es divertido preparar un concierto bajo este ambiente de expectativa. De cualquier forma esta es una columna inconclusa. Es la parte antes del concierto. La siguiente parte, la definitoria, la que dirá lo que sentí después de todo, podrán leerla el domingo. ¿Qué tono tendrá?

miércoles, 11 de septiembre de 2013

5. (De repente soledad). Canción: Mundo de fuego



Luego del adiós no pasa nada, te quedas en ceros, tan vacío como la palabra dios en los labios de un descreído. Luego del adiós sales a caminar entre calles de miedo con las manos en los bolsillos y la mente inhabitada. Luego del adiós se te escapa un bufido silencioso. No hay gritos, ni palabras. Luego del adiós no pasa nada.
Verán, el amor es poner entre paréntesis al resto del mundo. Yo recuerdo que a Marta, en esos momentos poscoito donde la vida es una maravilla, le decía: “Aquí comienza –y aquí termina- mi mundo: te amo”. Ahora puede que me cause ciertas náuseas repetirlo, pero en ese entonces era lo que sentía. Ustedes me entienden. Los amantes se bastan a ellos mismos, son como una serpiente que se come la cola. El resto del mundo, en estas circunstancias, es un estorbo. Pero luego viene la soledad y obviamente las cosas cambian.
No todas para mal, sin embargo. Al estar solos somos más auténticos, gústenos o no eso que seamos. Al estar solo no hay que venderse a imposturas, eres tú y tu veneno. Total, ya nadie te ve: eres tu yo más sincero. Digamos que la soledad puede hacerte comportar como una rata sucia, pero al menos te queda el consuelo de que esa rata eres tú, sin discusiones, ¿me entienden? Y otra cosa más: amar quita tiempo. En soledad puedes volver a los amigos o al arte, si es lo tuyo.
Y es que es tan difícil crear en medio del amor. El amor es tan placentero en sí mismo que todo lo demás pierde sentido, como ya les dije. La soledad, por el contrario, te vuelve al arte. Y puede que el arte sea lo único que te salve en esos momentos. Solo se puede ser creativo en soledad, y eso, de alguna forma, es una compensación. El amor es grandioso, pero embrutece. Eso sí, no quiere decir que porque estés creando la estés pasando bien. Al contrario. Nadie desea la soledad porque te deja demasiado tiempo para pensar. Cuanto más piensa uno más inteligente, o sea más triste.
Así que lo diré de este modo, para resumir: La soledad es un perro famélico con olor de tristeza. Es una titánica desventura pero no sin compensación: la soledad es creativa y hace del arte tu mejor compañera. No olvidar esto, tenerlo siempre en cuenta, es la única defensa frente a las noches pálidas sin el sabor de un beso.

lunes, 19 de agosto de 2013

4. (Un martes, quizás, llega el amor). Canción: Un instante de felicidad

 
 
Y entones, un martes, quizás, llega el amor. Amor de verdad, irrebatible. No un simple enamoramiento ni una encamada. Hablo de la sensación de que con ella no hace falta más. Algo que no se puede vivir muy a menudo porque nos destruiría, plum. Haríamos implosión. Por eso dicen que el amor no existe sino los momentos de amor, y bueno, eso tal vez sea cierto. También es cierto que muchas personas pasan sus vidas sin saber qué es eso, y es triste.
Lo cierto del caso es que a Marta la conocí una noche después de un concierto de Bajotierra, gracias a unos amigos mutuos y en fin. Nuevamente quiero saltarme toda la parte romántica y llegar al punto: por primera vez en mi rejodida vida estaba enamorado. Y fue una sensación tan parecida a la felicidad perfecta. Y al mismo tiempo el miedo a perderlo todo. Es algo complicado, en realidad, el amor. Mucho más con ella.
Marta era una paloma de noche, un murciélago de día: una contradicción. A veces resultaba tan dulce como un pudín, y se dejaba llevar, liviana, casi etérea. Pero en el momento en que pisabas el final del camino, en que la palabra amor comenzaba a pedir pista en tu boca, ella se lanzaba con espasmos de bestia en busca de salidas. Así que, aunque la vieras dormitar desnuda en lado izquierdo de tu cama, sabías que no era del todo tuya. Aunque la escucharas recitándote al oído las frases más bellas, una sensación de mentira hacía eco entre las palabras. Lo malo de esto es que ante una personalidad así siempre te sentirás peleando en la contra. Lo malo es que la amas pero no puedes creer del todo en su amor. Lo malo es que sabes de antemano que todo al final será un fracaso: y sí, efectivamente al final es un fracaso.
Vivimos nueve meses juntos. ¿Les parece poco? Para mí fueron los días más trascendentales de mi vida. Con ella descubrí el amor y la soledad verdadera. El miedo, la delicia. Cómo pueden tantas contradicciones hacer parte de la misma historia. Me di cuenta de que antes, los momentos que creía haber tenido de desamor eran simplemente lloriqueos banales. Ahora, sin ella (que se fue otro martes, para más coincidencias) comprendía lo que era la soledad en serio, que es una sensación fulminante. Me entregué a las pastillas, que tomaba siempre antes de ir a Cinema Zombie. Y llegaba a casa a escribir cartas extensísimas cargadas de veneno. El amor es a la poesía, el desamor a la prosa.
Pero nunca volvió y terminé por aceptarlo. Por mucho tiempo creí que haber amado así había sido tan poco para tanto tiempo de soledumbre; luego, con la distancia y algo más de indiferencia, comprendí que amar siempre, siempre vale la pena. Así todo final sea siempre e irremediablemente triste. Leí por ahí: “El amor es la única decepción programada, la única desgracia previsible que deseamos repetir”.

lunes, 12 de agosto de 2013

3. (De qué habla cuando hablo de mí). Canción: El inspector


Lo siento, creo que no me he presentado. A ver, mmmmm, digamos, yo, yo, yo, eh… Vaya, no encuentro mucho que decir de mí, por lo menos que resulte interesante. Soy un tipo como cualquiera. Tengo treinta años. Comienzo a quedarme calvo y a sacar barriga, lo cual es terrible porque ser calvo y barrigón es la peor combinación que puede existir en un hombre. El tiempo, mis amigos, es un animal salvaje. He amado, sí, una o dos veces en mi vida, y no sé qué tanto me hayan amado a mí. Aparte de eso, suelo enamorarme entre 18 y 24 veces por día. Ustedes saben cómo es: vamos en el bus, en la silla maluca (esa en la que uno tiene que levantar los pies), contra la ventanilla siempre, y la vemos: allá, en diagonal, un par de sillas más adelante. Es joven, es hermosa y es roquera, y sentimos un golpe de amor irrefutable. Claro, ella no nos ve, se baja unas cuadras más adelante y sufrimos un despecho de 2,3 segundos. Ocho cuadras más allá nos volvemos a enamorar. Todos los días, irremediablemente.
Bueno, todos sabemos que eso no es amor, pero es como si lo fuera. Por un momento, daríamos la vida por aquella chica que va en el otro vagón del tren.
Qué más les puedo decir. A ver. Diría que, como a Kurt Cobean, casi todo lo que empieza por b me gusta: los b sides de Smashing Pumpkins, Pixies, Radiohead y Nirvana, así como ciertas películas clase b, llenas de zombies y una que otra teta bien parada, escritores de la clase social b: Keruac, Salinger, Miller, Bukowski… Ah, y ciertas chicas b, un poco retorcidas.
Suficiente. Estoy aquí por lo que ya les dije y más bien presento a la banda. Desde Castilla, señores, el tierno y amargado, padre de dos hijas, don Fáber Martínez; en el bajo, un tremendo seudointelectual, desde Abejorral, Antioquia, Camilo Jaramillo; allá, el alto este que de chico parecía Marilyn Manson, Óscar Zuluaga; el más jovencito, corredor de carreras automovilísticas y pésimo imitador de Jimmy Hendrix, Boris Giraldo; el señor micrófono, Andrés Osorio; y el último en llegar, hablador de mil lenguas, Gonzalo Barrera.

 A mí, no sé, a mí llámenme J. Así no más. 

miércoles, 7 de agosto de 2013

2. (Ah, el sexo, el sexo, el sexo). Canción: Pequeña puta.



¿Saben una cosa? Hay algo que siempre me ha parecido de lo más curioso entre hombres y mujeres, y tiene que ver con el sexo. Cuando uno, digámoslo así, utiliza a una mujer (es decir, tienen sexo bestial una y otra vez sin ningún compromiso de relación) es posible que ella salga herida diciendo, precisamente, que las utilizamos, que nos aprovechamos de ella y tapatí y tapatá. En cambio, cuando una mujer utiliza a hombre (no es muy usual, pero a veces se da) siempre pedimos más. “Ya sé que no me amas, nena, y me duele, pero por lo menos no dejes de hacerme la vuelta”. Y es que el sexo nos equilibra, con o sin amor. Claro, el sexo con amor es grandioso, pero sin amor tampoco está mal. Es recreativo como el cine, y hace dormir de puta madre. Como leí por ahí: “El sexo sin amor es una experiencia vacía. Pero como experiencia vacía es una de las mejores”. Como diría Woody Aleen, “Solo existen dos cosas importantes en la vida. La primera es el sexo y la segunda no me acuerdo”. O como escribió otro tipo por ahí: “Si no había de vez en cuando algo de sexo, ¿en qué consistía la vida?”.
Las mujeres no suelen reconocerlo de ese modo, o a lo mejor es cierto que no lo sientan así. De ahí que siempre vayamos por caminos diferentes.
Todo esto me hace recordar a una chica que conocí alguna vez. Se llamaba Sandra y tenía el cabello rojo; rojo de verdad, es decir sin tinturas. Tenía también la piel muy blanca. Siempre la comparé con una especie de cortesana, de esas que se ven en las pinturas del renacimiento o en algunas películas porno europeas.
No voy a entrar a comentar aquí cómo la conocí ni cómo terminamos en la cama: esas partes suelen ser lo más cursi de las historias. Diré simplemente que tenía unas tetas de ensueño, con unos pezones rosados, muy bonitos. Imaginen a las cortesanas de las pinturas y entenderán de lo que hablo. Pero algo más: a Sandra de gustaba de veras el sexo, y vivía sola, y yo era un chico universitario que leía a Henry Miller y no tenía nada que perder. Entonces me la pasaba en su apartamento todo el día y teníamos sexo en el baño y en la sala y en la cocina y en las escaleras y en el pasillo y ah… Nunca supe bien qué sentía ella, pero sí sabía qué sentía yo: encantamiento. Sandra era una chica que andaba por los treinta y pico mientras que yo apenas si superaba los veinte. Y bueno, para mí fue la delicia del descubrimiento, sexo sin vergüenza.
Sólo que poco después me di cuenta de que no gozaba del privilegio de la exclusividad. O sea, que las prácticas que Sandra tenía conmigo también las tenía con otros. Y cometí el error de reprochárselo.

-          Pero mierda, Sandra, entonces yo qué vengo siendo en tu vida.
-          ¿Vos? –me dijo, la muy perra-. Un machucante, un vibrador que habla.

Me hice el digno y me fui lanzando un portazo. Hasta entonces no había tenido una chica que gozara el sexo porque sí y me sentía consternado. Como Sandra no llamó en los siguientes días me tocó lanzar mi dignidad al inodoro y llamarla. Dentro de mí tenía el deseo de volver a estar en su apartamento, en ella. Pero mi pataleta la molestó de veras y me despidió de su vida.
Al final sentía más herida la verga que el corazón. Podía tolerar que Sandra no me quisiera, ¿pero por qué carajos tenía que dejar de hacerme la vuelta? 

domingo, 4 de agosto de 2013

1. (El enamoramiento como adicción). Canción: Betty Boop


Yo nunca tengo suficiente. Cuando una chica me gusta quiero enamorarme de ella, cuando me enamoro quiero besarla, una vez que la he besado quiero acostarme con ella, cuando me he acostado con ella quiero vivir con ella en un apartamento, cuando vivo en un apartamento quiero casarme con ella, cuando me he casado con ella conozco a otra chica que me gusta. Sé que ustedes, chicos, me entienden. El enamoramiento, que no es lo mismo que el amor, es un placer incalculable, y como todo placer puede volver en una adicción, y como toda adicción en un problema. Pero no tenemos remedio. Pasamos de un cuerpo a otro, o por lo menos es lo que quisiéramos que pasara. De alguna forma no es culpa nuestra: ¡es de la biología! No me miren así, chicas, está comprobado. Hay un libro científico que se llama Sexo, drogas, biología y un poco de rock and roll que lo confirma. Y en este libro dice: “Somos, en el fondo, un manojo de emociones primarias que tratamos de domar infructuosamente”. En parte es triste, ¿no? Es como una enfermedad. Desear siempre, desearlas a todas. Ni siquiera hablo de amor, sino de simple contacto. Es una triste condición. Como diría Alejandro Dolina: “Todo, pero todo lo que hacen los hombres está destinado a levantarse a una mina”.

Y para eso, bueno, cada quien tiene sus recursos. Algunos muestran sus plumas de pavo real y otros su barbita de hipster moderno. Yo, que soy lengüilargo, uso la palabra. Alguna vez, a una chica llamada Julieth, le dije: “Usted es muy bella, señorita, pero le falta algo. No voy a decir que soy yo. Pero sí”. Ese piropo no lo inventé yo, sino un amigo mío que se hace llamar Jack Casablanca; obviamente lo dije como si fuera mío. Pero uno que sí me inventé, y que se lo dije a una chica llamada María José, fue este: “No sé, señorita, qué hace todo el día sin mí. Yo la verdad, sin usted, me siento perdiendo el tiempo”. Sobra decir que en ninguno de los dos casos conseguí nada. Como diría Milán Kundera, “La coquetería es una propuesta de sexo sin garantía”. Buscando llegar al sexo oral utilicé la palabra, pero las palabras, casi siempre, son traicioneras como los amigos. De todas formas con ellas o con otras chicas lo seguiré intentando, siempre. Nada que hacer: está en nuestra sangre. 

martes, 30 de julio de 2013

0. (¿Cómo carajos es que llegamos a esto?) Canción: Ella.

Bueno, imagino que se preguntarán que hago aquí, en un concierto de rock, alargando el momento en que comience la música. Verán, resulta que soy un amigo de la banda, que he estado ahí desde los primeros conciertos. Los ayudé a cargar las guitarras, los cables y en fin. Aquí mismo, en el barrio, en los conciertos en La Jícara, La Guardia, La Raza. Estuve ahí en la grabación del primer demo y en otros momentos. La pasamos bien. Pero sin darnos cuenta dejamos de vernos por un tiempo, les perdí la pista. Esas cosas que suelen pasar entre amigos, que no son por molestias sino por mero despiste o por culpa de amores de paso que nos hacen encerrarnos en otro mundo. Como sea, el tiempo pasó, hasta que un día en el Parque del Periodista me encuentro con Camilo, el del bajo, ese que ven allí. (Acá entre nos, Camilo es el único periodista que va al Parque del Periodista). Le pregunté por la banda, claro, y él me dice:

- Vamos a lanzar un pequeño ep que se llama Combustiones espontáneas.
- Maravilloso –le dije yo-, ¿y de qué se trata?
- Mmmmm, son como canciones misóginas.
- ¿Misóginas? ¿O sea como de odio a la mujer?
- Nonono, no tanto de odio. Como diría Julio Jaramillo, Tan solo se odia lo querido. Entonces es también sobre el querer: la desazón después de que todo se acaba, a veces con mucha rabia.
- Ya veo –le dije.

Y quedé picado. Combustiones espontáneas: canciones sobre la desazón después de que todo se acaba.

- Debe ser un álbum muy triste –le dije.
- Por el contrario, si es de lo más divertido. Es extraño, no había pensado en eso. En todo caso se llama Combustiones espontáneas porque todas las canciones nacieron de una, sin pensarlas, como una eyaculación precoz. Y después nos dimos cuenta que la mayoría eran, más que de desamor, de nostalgia por alguna mujer ida.
- Bueno, quiero oírlo pero ya.

Y lo oí. Camilo me prestó un cd, todavía sin mezcla, de los siete temas que componen este ep. Y algo se revolvió en mí. Por alguna razón aquellas canciones rápidas y mal grabadas me traían a la mente historias de mujeres que alguna vez quise, algunas que me trataron bien y otras que se fueron como si nada. Mujeres, siempre las mujeres. Y fue tan fuerte el sentimiento que le pedí a Camilo que me dejara, algún día, contar mis historias de amores mientras ellos interpretaban los temas de Combustiones. Como él nunca sabe decir que no, pues me dijo que bueno, y ya ven, por eso estoy aquí. Así que... bienvenidos a este ensayo donde la música, el sexo y sin duda las mujeres son las protagonistas. Esto es Combustiones espontáneas.

jueves, 11 de julio de 2013

El deber de combustionar

Lo de Combustiones espontáneas nació de a poco. Primero fue la forma en que comenzamos a llamar a ciertas canciones rápidas, divertidas, que hacíamos por pasar el rato. Luego fue un nombre tentativo que llegó a tener la banda. Finalmente fue toda una propuesta para un concierto desquiciado.
Al final terminó siendo un poco de todo eso: concierto, canciones, un momento de la banda.
Se trataba de decir todo lo que pensábamos sobre la vida en pareja, el amor, el sexo, la soledad. Cada fragmento de la presentación debía girar sobre uno de esos temas y abrirle paso a una canción. Fueron once partes en total, cada una independiente en cierta forma pero apuntando hacia un todo: la historia de un personaje que ama y odia y está solo, picha y se masturba, mira el mundo desde la trasescena y aprende que la soledad es una escuela de formación sentimental.
Un divertimento en primer lugar. Un juego que ganó seriedad a partir de que ganáramos un estímulo a la creación para realizar este montaje. Entonces vino la necesidad de conseguir un actor, un director y toda la logística del asunto.
Apareció Juan Diego, Felipe, y la cosa fue a otro precio. Ellos, duchos en las artes escénicas, le dieron a nuestras ideas el ingrediente de delirio que inicialmente no tenían. Explotaron el absurdo, lo ridículo, incluso lo cursi, para cargar la propuesta de humor y hacerla un poco más liviana.
Fueron tres meses de ensayos. Pocos para una obra así, pero de una intensidad como nunca habíamos vivido dentro de la banda. Aprendimos sobre escenarios, discutimos un montón, nos desahuciamos muchas veces y volvimos a llenarnos de fe. En cualquier caso, lo hicimos: montamos una obra de teatro, o concierto teatralizado, o stand concert, o lo que fuera, que no se parece a muchas cosas que hayan hecho las bandas de rock en Medellín. No estamos diciendo que hayamos sido muy originales, ni que la obra sea un éxito o un homenaje a la inteligencia: tan solo decimos que lo hicimos, que este fue nuestro aporte, y que estamos contentos por haberlo hecho.
Llevamos ya dos temporadas, una en Castilla y otra en el centro. La próxima será en Manrique, en el marco de la Fiesta de las Artes Escénicas, en Casa Clown, el 28 y 29 de agosto, a las ocho de la noche. Volveremos a combustionar entonces; volverá J. con sus historias alegres y tristes, procaces, inocentes; volveremos a sentir, por un momento, que estamos haciendo arte. Por lo pronto, mientras llegan esos días convulsos, cada viernes podrán encontrar aquí un fragmento de la obra, para que quede de memoria y para que sepan de qué trata todo este cuento.

Y que crezcan las llamas de esta combustión.


http://www.youtube.com/watch?v=kvk7glNZueE