lunes, 21 de enero de 2008

Caminado para atrás


Viéndolo desde ahora, aquellos años entre el 93 y el 97 fueron espléndidos para el rock en Medellín. Bajo tierra y sus primeros dos álbunes, Ekhimosis antes de convertirse definitivamente en un grupo pop, Estados Alterados en su mejor momento, Los árboles con su furtiva aparición, Kraken aún vigente, los comienzos de Frankie ha muerto, entre otras muestras de buena música que se destacaron en aquella época.


¿Qué ha pasado en los últimos diez años? Quizás mucho de power y de reggae, de eso que llaman neo punk sumado al mismo punk de siempre, y una que otra incursión inteligente. Sin embargo, sin ser pesimista, me cuesta creer que este momento sea mejor que el de entonces. A excepción de los video clip, que día a día mejoran su factura, la época actual no se me hace tan creativa ni tan variada como podría esperarse luego de tantos años de ensayo y error en el rock nacional.

A pesar de Altavoz o de que ahora se editen más álbunes por año, el balance creativo me sigue pareciendo pobre.

¿Y qué de los públicos? ¿Qué diferencia podríamos enmarcar entre los fanáticos del rock de hace 10 ó 15 años con los de ahora? Mi amigo Juan Miguel Villegas me dice que es una pregunta muy vaga, difícil de responder, y tiene razón. En mi caso, por estar cargada de emotividad. Porque si me veo hace diez años –era un adolescente entonces- lo que recuerdo es la novedad que aún causaban los metaleros y los punkeros, la carga de energía de los conciertos en San Antonio y el Carlos Vieco, y todas esas cosas que me hacen pensar que el público de entonces era más emotivo, entregado a su grupo. Pero quizás esté equivocado. Así que vuelvo a recurrir a los lectores, si es que aún me quedan. ¿Será que han cambiado los fanáticos del rock de hace 15 años con los de ahora? ¿En qué?


Ahí les dejo la preguntica.

martes, 15 de enero de 2008

La amenaza de la vagina

Es posible que en estos tiempos de “lenguaje incluyente” y secretarías de la mujer este comentario que voy a lanzar parezca sexista, pero en fin, ahí va: conviene alejar a las mujeres de los grupos musicales. O para ser exactos: a las mujeres que no hagan parte del grupo musical. Dicho de otra forma: conviene alejar a las mujeres que no sean integrantes de la banda. Y esto va tanto para novias, amigas, amantes y todas las interacciones posibles entre estas tres categorías.

Cuando una chica va a un ensayo –digamos, la novia del vocalista-, los músicos dejan de ensayar: solo se exhiben. Quizás los afanes reproductivos –o su mera práctica- los llevan a tomar poses para hacerse ver; hacen muecas extravagantes herencia del rock de los ochenta para parecer más listos, más divertidos, más estrellas. Y el ensayo, a la mierda.

La mujer, por su parte, empieza a lanzar comentarios, a hablar por celular, a dormir sobre el sofá, a pavonearse con su chico, a contonearse provocativa desconcentrado hasta el más recatado...

Una mujer en un ensayo, así las cosas, es un estorbo.

Y en todos los demás asuntos que competen a la banda, así es. Cuando el vocalista va con su novia a una prueba de sonido lo único que hace este par de enamorados es besarse; lo último, probar sonido. Y así con otras actividades relacionadas.

Claro, la culpa no la tienen ellas sino nosotros, estúpidos bípedos que, como diría Calamaro, “por un segundo de su cuerpo doy el mundo”. Así que la sentencia podría ser otra: conviene alejar a los enamorados de las bandas. O mejor: conviene evitar que un integrante enamorado vaya con su chica o con su chico a los ensayos y demás escenarios que competen al grupo.

El amor, o el encoñamiento, es una droga que nubla los sentidos. De repente, el músico se aparece con un listado de canciones dulces tipo soft rock. El desamor, por el contrario, produce melodías agrias que siempre sonarán bien.

Soy de los que creen que Yoko Ono, Courtney Love y Nancy, la chica de Sid, aportaron una importante cuota al fracaso de tres de las bandas de rock más influyentes en la historia de este género. Y en pequeño, guardando las escalas, pasa lo mismo con cualquier banda de garaje.

Más si es una mujer caníbal, ese tipo de especie devoradora por la que uno no duda en lanzarse al vacío.

Sin embargo, dos puntos debo aclarar antes de cerrar este comentario. Uno, está bien que las novias vayan a los conciertos y celebren después de ellos -si salen bien-; por lo demás, será mejor que dejen a la banda trabajar solita, que ya de por sí hacer música en grupo es bastante complicado. Dos, que las mujeres que hacen parte de la banda sí caen muy bien: casi siempre son buenas músicas y traen ideas inteligentes. Y tres –pensándolo ahora- toda groupie es bienvenida, siempre y cuando no se quede demasiado ni se aparezca en los ensayos.

lunes, 3 de diciembre de 2007

En la esquina donde el Papa


- ¿Ustedes son el grupo de la esquina donde el Papa, cierto, allá en La Esperanza, frente a la Maracaná, donde hay un quisquito rojo donde venden jugos de mil y se parcha un montón de gente?
- Ajá, así es –les digo, con cierto tumbao costero-: Banda Oficial de Castilla, Sinfónica de Barrio, Orquesta Libre de Esquina, Mariguanero´s Rock, la comuna hecha carne en cuatro pelaos sin barba.

Exagero, claro, pero hay algo innegable en todo esto: somos una banda de barrio, y quizás de los pocos barrios con sabor de barrio que queda en Medellín: Castilla –y por Castilla entiéndase Alfonso López, La Esperanza, Antonio Zea y hasta el 12 de Octubre y El Picacho, entre otros-. Quiero decir: de barrio popular, donde la gente sabe quiénes son sus vecinos y hacen sancochadas los festivos, donde la bulla es endemoniada a causa de los bafles a reventar en cada casa y donde, lastimosamente, los problemas aún se arreglan a bala. Somos de Castilla, sí, y todos en la cuadra nos conocen. Juan el Bohemio, Óscar el Peludo, Fáber el de Yuli y Camilo el Desconocido. Así nos llaman. Y hay mucho de bueno en esto, para que vea: nadie pone problema aunque hagamos vibrar las paredes de tanto ruido, se pueden comprar empanadas de $100 y salchipapas de $500 con sólo cruzar la calle, cualquiera te brinda ron a la hora que sea y la marihuana es más popular que el cigarrillo –aunque, la verdad, casi nunca la fumemos-.

Si fuéramos de otro barrio, de esos barrios asépticos que también tiene Medellín, no podríamos ensayar tranquilos. Una vez lo intentamos en Laureles, y no llevábamos tres canciones cuando llegó la Policía. “Que dejen la marica bulla”, fue la sentencia del verde.

Si fuéramos de otro barrio, y tuviésemos que practicar nuestras canciones en un ensayadero, nos perderíamos de ver pasar tanta chimbita por la esquina y de tanto chiste bobo que echan los pelaos del quiosquito rojo.

Porque en una Medellín que se llenó de condominios y urbanizaciones, donde nadie conoce a nadie y el mayor contacto es un roce fugaz en el ascensor; una Medellín que se inundó de cámaras de seguridad, de puertas cerradas, de vigilancia privada; una Medellín de apartamentos unipersonales, de casitas loft para solitarios, de ricos encaramados en finquitas a las afueras; una Medellín, en fin, que aunque se divida en comunas poco se vive en comunidad, ser de barrio-barrio me parece de lo más grandioso. Todos los días hay un montón de gente frente a nuestra casa –que en realidad la casa de la mamá de Yuli, la esposa de Fáber, pero casa al fin y al cabo en la que sábados y domingos ensayamos- haciendo nada y hablando de todo. Hay uno al que llaman Caballo porque cada que se ríe parece relinchar y otro al que conocen como Archi por su parecido con el cómic. Y al Papa, la verdad, no sé por qué lo llaman el Papa.

Pero así son las cosas: todos estos chicos crecieron juntos, muchos pasando hambre. Saben más de fútbol que varios comentaristas deportivos y juegan el picaíto los domingos sin falta; hay quienes jugaron en las divisiones menores del Medellín y no llegaron a más por marihuaneros; aunque sean “sanos” saben cómo es la vuelta en el mundo delincuencial, y muchos de ellos ya no están, prueba innegable de ese vaho de sangre que cubrió a esta ciudad hace años.

De Castilla son Elí Ramírez y Fredy Serna, de Castiila son Diego Agudelo y otro montón de chicos hambrientos de arte. De Castilla son una innumerable cantidad de bandas podridas como la nuestra –Efestos, Win, Cuatro Tiempos...-, ensayando en cuartuchos oscuros y con instrumentos de palos, pero con ganas, muchas ganas. Y no sé si todo esto –el barrio, la gente, tanto historial de vida y de muerte- deje algo en nuestra música, pero en todo caso, señores, como diría la salsa: “todo es cuestión de dejarse llevar”.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

¿A qué suena Medellín?

No es la primera vez que escucho algo así. El locutor de radio dice “Vamos a poner canción que tiene el típico sonido rock de Medellín”. Lo acaba de decir, por ejemplo, uno de Radiónica, en el programa Demo Stéreo. Y siempre me genera la misma pregunta: ¿Y cuál es ese típico sonido que a los bogotanos les parece tan obvio?

Hasta ahora no tengo respuesta.

Porque pareciera entonces que todas las bandas de rock de esta tierra sonaran a lo mismo, cuando, por otro lado, se habla mucho de la variedad musical de la capital de Antioquia.

Así que esta columnita tiene el propósito de ser interactiva, digamos, adaptándonos al medio. La pregunta ya está planteada: ¿A qué suena Medellín? ¿Sí será tan cierto eso de un sonido típico? ¿O hablarán más bien de la calidad de la grabación?

Y es cierto: muchos no hablan del “rock hecho en Medellín” sino del “rock de Medellín” como si eso fuera un género como tal con ciertas características claras. ¿Será eso cierto? ¿Habrá alguien que me responda?


Y ya que hablamos de nuestro rock, voy a darme una licencia para contarles, al mejor estilo de una revista de vanidades, mi Top 10 de los álbunes grabados en Medellín. Quizás de aquí salga también otra discusión, y eso estaría bien. Entonces, aprovechando la ocasión preguntona, ¿cuáles son los álbunes de rock en Medellín que a ustedes (uno o dos lectores que tengo) les gustan más? Los míos son (y lo más difícil es darle órden de importancia), en el puesto 10. Los árboles, de la banda con este mismo nombre, uno de los más desconocidos e inteligentes discos producidos en esta tierra. Un sonido rock suave, atrevido, cargado de detalles sonoros y experimentación con otros instrumentos. Una “rareza” que hace mucho no se repite. 9. Rojo sobre rojo, de Estados Alterados, quizás el álbum mejor grabado de esta banda, con buenas canciones como Te veré y Fiebre de Marzo, que cerraron la carrera de este grupo que muchos comparaban con Depeche Mode. La carátula es hermosa también. 8. Niño Gigante, Ekhymosis: El primer disco de esta banda me recuerda mucho al álbum negro de Metallica. Si bien no está muy bien grabado, su crudeza, sus letras, la calidad de las guitarras, hacen que sea mi favorito. Ninguna versión de Solo ha logrado superar la primera. 7. Huella y camino, Kraken: No es fácil que un algún álbum en vivo salga bien, sin embargo este de Kraken quedó tan bueno que lo prefiero incluso a los de estudio. Están las canciones que deben estar, con un sonido vivo y el estilo de una banda hasta ahora insuperable. Las letras son buenas y las guitarras sí que más, hasta el punto de no entender por qué esta banda no llegó a ser un éxito internacional si, de alguna forma, lo tenía todo. 6. El camino, de Coffee Makers: Uno cree, en primera instancia, que los Coffee son “Sábado en la noche” y mucho Ska. Nada más equivocado. Son mucho más, un sonido regge y dub, canciones instrumentales de buen sonido y variedad musical. Otra banda que, si la vida fuera justa, debería estar ahora mismo de gira por Europa. 5. Carne trémula, Nadie: Un álbum crudo, en un punk que no se encasilla. 4. La identidad en el caos, Frankie ha muerto: A pesar de que esta banda ya va por su tercer álbum, el segundo es el que más me gusta, un disco compacto, original, oscuro. Las letras de Fabio Garrido poseen poesía y vienen acompañadas de una música que se ajusta a ellas. A Baudelare le hubiera encantado. 3. Parlantes: uno de los discos más juguetones, mejor grabados y más originales que se hayan hecho en Medellín. El estilo de Camilo Suárez es muy particular, con referencias literarias y coqueteos con la música colombiana que le quedan muy bien. Una verdadera joya musical, como dirían los promotores. 2. Los días adelante, Bajo tierra: Una banda que siempre ha ido a la delantera y que lo demuestra con su tercer álbum, editado en el 2005. Los días adelante recuerda a cierto sonido ochentero, con voces sobre dobladas y guitarras melódicas. Para muchos es el mejor álbum de esta banda, aunque... 1. Lavandería real signifique un momento especial en el rock de esta tierra. De alguna forma, debe ser ese estilo lo que los de afuera encasillan como el “rock de Medellín”, supongo: un rock urbano, rítmico, hecho para los bares y para el baile.

Y la ñapa: álbunes que no alcanzan a entrar en este listado pero que también me gustan mucho: Eléctrico y doméstico, de El pez, y los de Los Insectos, Burkina y de Bruces a mí.

Y repito las preguntas, en esta columna atípica: ¿a ustedes qué álbunes les gusta? ¿Qué es eso del rock de Medellín?

El que responda se gana un yoyo.

lunes, 19 de noviembre de 2007

El valor de resistir

Hay ensayos sosos, imbéciles, lacónicos, insustanciales. Ensayos donde cada nota trae un desafine y las canciones se convierten en un enredo disonante.

Hay ensayos buenos, muchos, pero hay ensayos muertos también.

Son los peores momentos para la banda. Los ensayos son como el sexo en la pareja: si funciona bien, hay salvación; si el sexo es malo, algo en el corazón se rompe.

El de ayer fue uno de los peores ensayos. Juan Miguel ni siquiera se apareció y Fáber estaba disgustado; Óscar se sentía deprimido y Juan se encontraba enguayabado y somnoliento.

Como podría esperarse, las canciones sonaron a mierda.

Entonces vienen las peleas, la sensación de que el grupo no va para ninguna parte. Cada palabra que alguno lanza sólo crea mal ambiente, y en serio dan ganas de tomar tu instrumento y marcharse a donde sea.

No sé de dónde sale la idea esa de que los grupos de rock siempre se están divirtiendo. La verdad, por lo que he visto, es mucho el tiempo que sigues tocando sólo por un acto masoquista. Estar en una banda puede convertirlo a uno en un potencial asesino. ¿Y las victimas?: Tus compañeros.

Pero de eso se trata: de aguantar. He conocido montones de bandas buenas que no llegan ni a grabar su primer álbum porque las rivalidades y la falta de orden no las dejaron. Podría decir, sin temor a equivocarme, que son cerca del 90 por ciento.

Mientras que hay otras que tiene el mérito de la resistencia. Y al final resultan con algo. ¿Por qué? Ya lo dije: R-E-S-I-S-T-E-N-C-I-A.

Hasta ahora no sé que hacer en caso de un mal ensayo, como tampoco es fácil salvar la relación cuando el sexo falla.

Lo mejor –me digo- es esperar, aguantar, regresar a los ocho días y volver a intentarlo. A veces pasa que después de un mal polvo el que viene resulta sorprendentemente fabuloso.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Una nostalgia con scratch

Recuerdo bien aquellos discos. Grandes, tentadores. Mi primo Leonardo, que había tenido una tienda de música en Apartadó, guardó muchos de ellos. Y ahí estaban, en su casa, en una repisa café entre libros y artesanías. Tenía mucho de Led Zeppelin y de Queen. Algo de los Beatles y de los Rolling. Y mucho, mucho de metal.

Recuerdo bien aquellas carátulas. La del cisne blanco de A nigt at the opera y la del prisma de Dark side of the moon. Pero la más bella de todas, la más colorida, la más particular, era la del Sargent Peppers, con ese montón de personajes alineados y los Beatles, ya hechos unos hippies, en el centro de todo.

No había tocadiscos en aquella casa, paradójicamente. Pero sin haber escuchado Bohemian rhapsody o I cat get no satisfaction a mí, a mis siete años, ya me gustaba el rock and roll. Me gustaba por lo que veía: esas portadas grandes en cartón, los dibujos sicodélicos de los discos de Jimi Hendrix, el olor industrial del acetato.

Sin embargo, algunas de aquellas carátulas daban miedo, sobre todo esas que mostraban el infierno o las que hacían una parodia de la iconografía cristiana: eso las volvía temerarias y tentadoras.

Los discos venían entre una bolsa de plástico, y estaban prácticamente nuevos. Eran brillantes, sin rayones. Yo volvía a ver aquellas carátulas, y sin haber escuchado lo que contenían dentro sabía que era rebelde y peligroso. Era lo que la gente llamaba, con suma ignorancia, “música metálica” o “música de locos”. Era una fascinación.

Entonces compré mi primer disco –nada rebelde ni peligrosos por cierto, pero en fin-: La Negra Tomasa, de Caifanes. Un cochino demo de cuatro canciones donde las tres primeras eran la misma negra en tres versiones. Luego vino uno que sí me trajo más alegría: La cultura de la basura, de Prisioneros. Y después uno de Queen.

Soy de la generación del cassette, del cassette pirata sobre todo. Pero de niño me tocó lo último del acetato. Gocé, como el infante que era, con esa colección de rock en español que Postobón hizo en el 89. Aún conservo aquellos discos de 45 revoluciones, y aún Soy un animal sigue siendo una de mis canciones favoritas.

Pero el caso es que aquellos discos sí que eran discos. Quiero decir: eran un material táctil, olfateable, observable. Y quizás parezca una nostalgia inocua esta que tengo hoy, pero no dejo de pensar en que con la digitalización de la música algo en el mundo del rock murió irremediablemente. Y no hablo de la desgracia en que cayó la industria del acetato, hablo de la posibilidad de tocar, de tener la música en las manos.

Una de mis mayores frustraciones como melómano fue comprar el Sargento Pimienta en cd: ya no era lo mismo. Uno ya no podía reconocer quién era quién en aquella caratulita de diez por diez. Ya no era tan intenso el color ni tan llamativo el diseño.

Claro, la música estaba ahí, y seguramente remasterizada. Pero el disco, eso que uno tiene en sus manos antes de escucharlo, resultaba una decepción.

El remate de todo esto vino con el Mp3: 500 canciones en un mismo cd. Sin carátula, sin librillo, sin orden, sin aroma. Y luego el Ipod. Es como los libros bajados de internet: el material es el mismo, y suena delicioso, pero es menos vivo en su conjunto. Gris.

Dicen los analistas de mercado que el consumidor de ahora ya no escucha álbunes sino canciones. Es decir que pica aquí y pica allá, de un artista a otro, conociendo de todos un poco pero nada en totalidad. Baja una canción de moda y paga un dólar por ella. Con eso es suficiente.

Nada más triste, me parece.

Porque un disco –un disco sincero, en el que los músicos ponen su sangre- es como una novela, o un libro de cuentos donde cada uno mantiene una relación con el otro a pesar de que versen sobre argumentos distintos. Hasta el diseño y el librillo van conectados con ese todo.

No están hechos –si son sinceros, repito- para que el oyente se siente a escuchar una sola canción. La idea es que provoque escucharlas todas, hasta las más experimentales y anti comerciales, aunque no todas le gusten.

Me parece curioso que casi todas mis amigas tengan en su computador la canción Penélope, de Robi Draco, y no todo el álbum. “Hacer una canción es fácil -les digo-, hacer todo un disco bueno es una rareza. Por eso, en el caso del Vagabundo, lo mejor será escucharlo todo, del primero al último corte”.

Lo mismo podría decir con el álbum Blanco de The Beatles o el Negro de Metallica. Son discos, no canciones.

Son un momento en la vida del artista que necesitó ese número de cortes para describirlo. Sin son diez, está bien; sin son más de 20, como en Honestidad Brutal, también.

Por eso no compro colecciones de MP3 ni revolturas en DVD ni “las 30 mejores canciones de los ochenta” o los “20 grandes éxitos de…”, porque siendo que, de alguna forma, insulto al autor. O me voy con una imagen sesgada: la que deja una sola canción, que suele ser la que escogió la casa disquera para promocionar. Es decir, la más aburrida y comercial. Y se pierde uno de los casi siempre sorprendentes B side, menos radiables pero más ingeniosos.

Y se pierde uno del diseño. De la fotografía. Pero sobre todo, de la posibilidad de escuchar un álbum en su conjunto, ese pedazo de vida dividido cortes y pensado para que fuera así.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Con sabor de bar


Nada supera a los conciertos de bar, a la cerveza de mano en mano, a ese sonido mediocre que sin embargo resulta visceral, directo, lleno de reverberación y ruido. Nada como la posibilidad de que el público se suba a la tarima y cante con uno, y que las chicas se meneen a un paso de ti mientras tocas.


Nada como lo remates de concierto, en la casa de algún borracho enamorado de tu banda, o entre besos furtivos de una inesperada admiradora.


En los conciertos de bar sigues siendo un ser humano, no un semi-dios inalcanzable; en los conciertos de bar puedes dejar que otro cante o tome tu guitarra y toque; en los conciertos de bar aceptas tragos gratuitos por todas partes.


Resulta fácil que otra banda desee hacer una sesión de improvisación con la tuya, o que quieras experimentar una tonada que nunca antes habían ensayado.


En los conciertos de bar puedes decir lo que quieras, tocar lo que quieras, sin cláusulas contractuales ni amenazas de Saico y Acimpro; puedes escupir tu rabia o declararle el amor al mundo; puedes besar, puedes tocar, descansar, volver a subir, mandarlo todo a la mierda y regresar a pedir perdón.


En los conciertos de bar tu banda suele ser más sincera.


Y hablo desde la ignorancia, claro, porque jamás he probado los grandes conciertos. No sé lo que es tener miles de personas frente a uno, ni que coreen al unísono una de tus canciones. Sin embargo, éstos, los grandes conciertos, se me hacen más artificiales en medio de su espectacularidad, con demasiadas luces sobre uno, demasiados requerimientos técnicos, demasiados periodistas esperando que digas la frase de siempre, mánagers impetuosos buscando sacar provecho, vallas publicitarias anunciando la nueva cerveza sin alcohol, presentadores de turno con sonrisas de quinientos dientes, roodies apurados poniendo todo en su sitio, abogados del mundo de la música anhelando tus errores para cobrar compensaciones, y tú, en medio de todo eso, tan puesto en su sitio, tan sobrio, tan organizado, tan cohibido. Y la gente, el fin de todo esto, allá, lejos, a pesar de sus manos levantas, de sus voces en coro, lejos.


Difícilmente podrás abrazarlos a todos, y si alguien se sube a cantar contigo, un gorila de barba en candado llegará a retirarlo antes que termine la primera frase.


En un gran concierto no eres tú: eres la imagen de lo que otros quieren que seas.


Quizás esté equivocado (de eso también se trata). Pero ahora que escribo de todo esto y que tengo el sabor del concierto de anoche fresquito en mi memoria, comprendo bien a Woody Allen, quien en su gira por Europa con su banda de jazz –ya saben: teatros a reventar, entrevistas por doquier- no hizo otra cosa que rememorar con nostalgia aquellos años en la década de los cincuenta, en la que era un simple humorista que tocaba el clarinete todos los viernes por la noche en un bar de Nueva York.